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El japonismo, el movimiento que pasó de largo en España

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No conozco a nadie que no sienta fascinación por Oriente. Si China nos dejó sin respiración, con su cultura, su artesanía, sus porcelanas o su Gran Muralla, Japón nos fascina. Los cuentos emperadores japoneses nos transportaban a palacios con con formas exóticas y dragones que viven en montañas mágicas, y la seda que conocimos más a fondo, gracias al maravilloso libro de Alesandro Baricco y que nos hizo soñar a todos.

Las multitudinarias visitas a la exposición que se muestra en el Caixa Forum de Madrid me hace pensar que los occidentales hemos sucumbido al encanto de Japón (por no hablar de la gastronomía, que hasta los niños conocen la diferencia entre sushi y nigiri, por poner un ejemplo)

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Pero a España nos llega esta fascinación con casi un siglo de retraso con respecto al resto de Europa. A finales del siglo XIX y los primeros años del XX, mientras España vivía convulsa en su realidad política, totalmente dentro del Modernismo, la pasión por Japón alcanzó cotas inimaginables en Francia y sobre todo en Gran Bretaña.

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Podríamos decir que todo surge en la Exposición Universal de Londres de 1862, continuó hasta la de París de 1878, fue retoma por los impresionístas (en realidad la primera vez que se utiliza este término: japonismo o japonesque es en un libro de Jules Claretie: L'Art Francais en 1872) y llega a su punto álgido durante el cubismo, es decir, en la primera década del siglo XX (Picasso fue un apasianado de japón, como puede comprobarse en uno de sus más famososs autorretratos)

Los primeros occidentales en llegar al país del Sol Naciente fueron los mercaderes portugueses. Los jesuítas, en concreto San Francisco Javier (navarro) llega a cristianizar Japón en 1549, aprovechando las rutas comerciales. A comienzos del siglo XVII, Japón se cierra al mundo en un aislamiento que durará 250 años, hasta que en 1854, los norteamericas fuerzan la apertura del país al mundo occidental y los primeros mercantes occidentales llegan a sus costas y comienza la comercialización.

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El japonismo comenzó con la moda de coleccionar arte japonés, en particular grabados ukiyo-e, bronces, porcelanas, esmaltes cloisoné y tejidos y mobiliario. Como ocurre con China, los mercaderes japoneses realizan piezas estilo nipón pero un poco diferente, del gusto de los occidentales.

Naturalmente, los Paises Bajos, que siempre tuvieron acceso (al igual que China) al comercio con Japón, fueron los que más acceso tuvieron a las piezas. Pero a partir de 1870, los coleccionistas franceses, escritores y críticos de arte realizaron muchos viajes a Japón lo que llevó a la publicación de artículos sobre estética japonesa.

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En Italia la pasión por Japón llega hasta la ópera, de esta época es la famosisima Madama Butterfly de Puccini (que se estrena en españa en 1907 en el Liceo de Barcelona), Entre los artistas que se vieron influidos por el arte japonés estuvieron Manet, Pierre Bonnard, Henri de Toulouse-Lautrec, Mary Cassatt, Degas, Renoir, James McNeill Whistler (Rosa y plata: La princesa del país de la porcelana, 1863-64), Monet, van Gogh, Camille Pissarro, Paul Gauguin, y Klimt.

Algunos artistas, tales como Georges Ferdinand Bigot, incluso se mudaron a Japón debido a su fascinación con el arte japonés. Las láminas y carteles de Toulouse-Lautrec apenas pueden imaginarse sin la influencia japonesa. No fue hasta Félix Vallotton y Paul Gaugin que la propia xilografía se usó mucho para obras a la japonesa, y entonces, en su mayor parte, en blanco y negro.

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Los ricos tejidos no tardaron en tomar los salones y tanto las sedas bordadas como los estampados, por no hablar de los famosos kimonos que las señoras llevaban como batas de casa, llenaron todas las estancias. Como detalle curioso, que me proporcionó Jesús Garabieta de Gastón y Daniela, en Gran Bretaña nunca les gusta que un tejido esté nuevo y lustroso, les gusta que tenga la pátina de los años, así que con la técnica de meter los tejidos llegados de Japón en agua de té (su solución mágica para todo) consiguieron desgastarlos y darle un toque más british.

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Entre el mobiliario japonés fueron populares los biombos, los pupitres, escritorios, los paneles ricamente pintados, los sillones, las cómodas y otras piezas, bellamente trabajadas y con nombres tan sugerentes como kaidan- dansu (escalera archivador), mizuya - dansu (muebles de paneles)o monoire - dansu (mueble de cajones). Como en las casas japonesas se sentaban en el suelo, los sillones y sillas hechas para vender en Europa para los salones japoneses de las casas más ricas se hacían en exclusiva.

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Esta moda del japonismo pasa por España sin el furor que causó en el resto de Europa. Algunas excepciones son los artistas más importantes (que habían viajado a las Exposiciones Universales) como el caso de Mariano Fortuny, cuyo lienzo de sus hijos en el jardín japonés de su casa nos muestra una maravillas de sala donde las mariposa doradas revolotean por las paredes y los niños jueguan en un colchón dorado directamente sobre el suelo.

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También el famoso constructor Alberto Bosch tenía en su casa palacio de Albacete un salón japonés que causó tal furor que salió en los periódicos de la época, pero hablamos de un hombre muy cultivado, que estaba al tanto de las modas que regían en el mundo.

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Imagino que en parte, esta desidia de la cultura japonesa se debió a Filipinas. La pasión por Oriente era saciada por nuestra propia colonia, de donde llegaban auténticas maravillas (hasta 1898) como las telas bordadas, las mesas lacadas, cuajadas de nacar con maravillosas escenas o simplemente flores, que podían ponerse en vertical, como cuadros, los jugueteros y muebles, llenos de cajoncitos, puentes tallados, paneles que ocultaban secretos, tibores enormes de porcelana y macetones para las exóticas palmeras que adornaban los salones o los biombos de seda bordada...

Es decir, que España tuvo su dosis de Oriente, y sólo la elite se volcó en el japonismo, el movimiento que pasó de largo en España

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