Cualquiera que haya convivido con un perro sabe que no todos reaccionan igual ante lo mismo. Hay ejemplares que se ponen nerviosos con el ruido de una aspiradora y otros a los que ni se les mueve una oreja. Perros que aprenden un algo a la primera y perros que necesitan semanas. Durante mucho tiempo, esa diferencia se ha explicado casi siempre por la educación, el entorno o las experiencias vividas en los primeros meses de vida.
Un nuevo trabajo publicado recientemente añade una pieza que hasta ahora se tenía menos en cuenta: la genética. Y no solo eso. Esta investigación sugiere que buena parte de esa base biológica que moldea el temperamento de un perro también está presente, con las mismas variantes de ADN, en el genoma humano.
Un análisis pensado para entender la personalidad canina
El estudio, dirigido por investigadores de la Universidad de Cambridge, se apoya en una muestra considerable: 1.343 golden retriever adultos, de entre tres y siete años. Todos ellos pertenecen al Golden Retriever Lifetime Study, un proyecto que la Fundación Morris Animal lleva desarrollando desde 2012 y que hace seguimiento a estos animales durante años.
A la parte genética se le sumó algo igual de importante: el comportamiento real de cada perro, descrito por sus propios cuidadores a través del C-BARQ (Canine Behavioral Assessment and Research Questionnaire), un cuestionario habitual en estudios de conducta canina que recoge 73 comportamientos distintos agrupados después en rasgos más amplios. Ahí entran cosas como la agresividad hacia otros perros, el miedo a desconocidos, la sensibilidad al tacto o la ansiedad por separación. Con ese perfil conductual ya construido para cada animal, el siguiente paso fue cruzarlo con su información genética.
GWAS: la técnica detrás del hallazgo
Para hacer ese cruce se recurrió a un GWAS, un estudio de asociación del genoma completo. En la práctica consiste en rastrear millones de puntos del ADN buscando variantes que se repitan con más frecuencia entre los individuos que comparten un rasgo concreto.
Si una misma variante aparece una y otra vez en perros con un comportamiento similar, hay motivos para pensar que ese fragmento de ADN tiene algo que ver. El resultado: doce regiones genéticas con asociaciones estadísticamente significativas a ocho rasgos de comportamiento, más otras con vínculos algo más débiles.
Los mismos genes en perros y en personas
Lo que da la vuelta a este estudio es lo que pasó cuando los investigadores llevaron esos resultados a bases de datos genéticas humanas. Doce de los genes detectados en los golden retriever ya se habían asociado antes, en personas, a rasgos como la ansiedad, la depresión, la sensibilidad emocional o el rendimiento cognitivo.
Un caso concreto es el del gen PTPN1. En los perros del estudio aparece ligado a comportamientos agresivos hacia otros animales. En estudios con humanos, ese mismo gen se ha relacionado con la inteligencia, el rendimiento académico y ciertos cuadros depresivos.
Algo parecido ocurre con ROMO1, vinculado en los golden retriever a la facilidad para aprender. En personas, esa región del genoma aparece asociada a la inteligencia, la sensibilidad emocional y la tendencia a los cambios de humor.
El miedo también tiene raíces genéticas
Otro de los hallazgos tiene que ver con lo que los autores llaman miedo no social: el temor a estímulos que no implican relacionarse con otro ser vivo. Una aspiradora, un autobús, un camión de la basura, el timbre de la puerta... En humanos, las variantes genéticas asociadas a este tipo de miedo aparecen relacionadas con la sensibilidad emocional, la irritabilidad y la propensión a la ansiedad.
Nada de esto significa que un gen decida por sí solo cómo se va a comportar un animal, o una persona. Apunta más bien a que ciertas variantes influyen en los sistemas biológicos que regulan el ánimo y la respuesta al estrés, y que ese margen de influencia parece compartirse entre especies.
Influye, pero no determina
Los propios autores insisten en dejarlo claro: estos genes no provocan un comportamiento concreto, influyen en procesos más generales, como la forma en que el cerebro gestiona determinadas situaciones o regula las emociones. Un perro con predisposición genética a la ansiedad puede mostrar más sensibilidad ante ciertos estímulos, sí, pero cómo termine comportándose dependerá también de su entorno, su socialización y la educación que reciba.
La genética pone la base. Lo demás se construye con la experiencia, algo que también explica un veterinario, Enzo Roubaud, quien señala que buena parte de lo que parece un problema de carácter tiene que ver con lo vivido en los primeros meses de vida del animal.
Qué cambia esto en la práctica
Para los investigadores, entender que ciertos comportamientos tienen una base biológica puede ayudar a ajustar mejor el adiestramiento y el manejo de cada perro según su predisposición real, en lugar de tratarlos a todos por igual. Si un animal tiene más papeletas genéticas para vivir el entorno como algo estresante, tiene sentido centrar los esfuerzos en reducir esos estímulos y reforzar su sensación de seguridad, en vez de insistir en corregir una conducta que tiene un origen distinto al que se suele suponer.
También se abre una puerta a la medicina veterinaria conductual, un campo que cada vez recibe más consultas relacionadas con el estrés y el miedo en mascotas, y que hasta ahora ha tenido que trabajar casi a ciegas respecto a los motivos de fondo de cada caso.
Fotografías | wirestock, wirestock para Magnific
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