El debate entre cocinas abiertas y cerradas no da tregua. Cada reforma, cada obra nueva o cada proyecto de interiorismo en redes sociales, reabre la misma conversación: ¿merece la pena derribar esa pared y unirlo todo, o hay algo que se pierde cuando la cocina deja de tener puerta?
Durante años, el modelo de cocina abierta al salón ha dominado las tendencias de diseño residencial. La promesa es tentadora: más luz, más sensación de amplitud, más integración entre quienes cocinan y quienes están en el salón. En viviendas pequeñas, especialmente, la apertura puede transformar radicalmente la percepción del espacio.
Pero cada vez más voces (desde interioristas hasta arquitectos con proyectos residenciales a sus espaldas) empiezan a matizar ese entusiasmo y a señalar que la solución no es tan universal como se vendió por los múltiples problemas que puede presentar en el día a día. Y de hecho, las cocinas semiabiertas comienzan a imponerse en muchos proyectos, frente a las tendencias de años anteriores.
Pablo Borraz es arquitecto y una de esas voces. En una reciente reflexión que ha compartido en las redes sociales de su estudio, @pbs_arquitectura, explica por qué él mismo, a la hora de plantearse su propia vivienda, no optaría por el esquema más extendido en los últimos años.
La apertura total y sin matices acaba siendo un problema
Su postura no es un rechazo frontal al concepto. Borraz reconoce el atractivo y entiende por qué tanta gente lo elige: "Si me estuviera haciendo mi casa no haría un salón cocina comedor completamente abierto sin ningún tipo de filtro".
Según este diseñador arquitectónico zaragozano, el concepto de cocina abierta se ve muchísimo, y además añade que lo entiende perfectamente. "Queda muy bien la sensación de amplitud y en viviendas pequeñas o en segundas residencias puede tener todo el sentido del mundo. Incluso si tienes un estilo de vida muy ordenado, o no cocinas mucho, puede funcionar muy bien".
El problema, en su opinión, no es la apertura en sí misma. Es la apertura total y sin matices, sin ningún mecanismo que permita separar o filtrar cuando la situación lo requiere.
"El problema no es que sea abierto, el problema es hacerlo sin ningún tipo de control, porque estás mezclando tres usos que en realidad son muy distintos: cocinar, comer y estar. Se mezclan ruidos y olores, el desorden de la cocina se puede ver desde el sofá, e insisto, si eres una persona muy ordenada, esto no es un problema", explica en el reels.
Además, añade que en su caso, la cocina abierta no es una opción, dado que tiene familia con niños, y es una casa de uso diario. Por eso, "para mí esta opción no sería la ideal".
La reflexión de este arquitecto nos hace pensar que la cocina abierta funciona de maravilla en las fotos, o en las casas de revista, donde siempre está impecable, pero el uso cotidiano introduce variables que no siempre se contemplan en el momento del proyecto: el olor a fritura que impregna el sofá, el ruido del extractor durante una película, la encimera visible desde el salón cuando hay visita y no ha dado tiempo a recoger del todo, o la cocina empantanada después de la cena, mientras estás roto en el sofá tras un largo día de trabajo.
La clave está en prever desde el principio
Borraz va más allá y apunta a algo que cualquier persona que haya reformado una vivienda conoce bien: Hay que pensar en nuestra forma de vida y en los hábitos que tenemos a diario, y ser conscientes de que ciertas decisiones, una vez tomadas, no tienen marcha atrás sencilla. Y pensar en tener una casa funcional que se adapte a distintas situaciones y a distintos momentos del día.
"Si te gusta cocinar de verdad, pues tener una cocina que se pueda cerrar en algún momento tiene mucho sentido. No para aislarla siempre quizá, sino para poder decidir cuando sí y cuando no. Que esté bien conectada con el salón, pero tener la posibilidad de independizarla, porque hay momentos en los que quieres todo abierto y otros no. Y eso, si lo piensas desde el principio, luego no tiene fácil solución", añade.
La idea que subyace es la de la flexibilidad. No una cocina cerrada a cal y canto, al estilo de décadas anteriores, sino un espacio que pueda relacionarse con el salón cuando se quiere y desconectarse cuando conviene. Puertas correderas, mamparas, celosías, medias paredes: hay soluciones de diseño que permiten ese término medio sin renunciar a la luminosidad ni a la sensación de espacio cuando todo está abierto.
El debate, como casi todo en arquitectura e interiorismo, no tiene una respuesta única. Depende del tamaño de la vivienda, del estilo de vida de quien la habita, de si se cocina mucho o poco, de si hay niños, de si se recibe a menudo. Lo que sí parece claro, a la luz de reflexiones como la de este arquitecto, es que merece la pena pensarlo despacio antes de derribar esa pared o de planificar una vivienda nueva. Porque luego, como dice, no tiene fácil solución.
Fotografías | PBS Arquitectura, Freepik, Freepik
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