Desde hace generaciones, los españoles tenemos dos costumbre en cuanto llega el calor para intentar mantener la casa lo más fresca posible. Por la noche, abrimos las ventanas de par en par para dejar que entre la brisa nocturna y rebajar la temperatura. La otra costumbre, es, en cuanto el calor comienza a apretar, cerrar las ventanas y bajar las persianas. Es algo que hacemos de forma automática, porque es lo que hemos visto en las casas de nuestros padres y de nuestros abuelos.
Pero estas soluciones para mantener la casa a una temperatura agradable quizás no sean las más acertadas. La primera, la de abrir las ventanas en cuanto se va el sol, ya no es una opción adecuada cuando estamos viviendo olas de calor continuas con noches tropicales. La segunda, la de cerrar las persianas hasta abajo, sigue teniendo sentido, pero con un matiz que se nos escapaba a muchos. De hecho, bajarlas por completo para dejar la habitación a oscuras puede llegar a ser contraproducente cuando las temperaturas están disparadas. Y la termodinámica nos ayuda a explicar el motivo.
El efecto horno: cuando el calor queda atrapado entre el cristal y la persiana
Realmente, la costumbre de bajar las persianas hasta abajo es una costumbre que muchos tenemos en nuestro ADN porque lo hemos visto siempre. Yo mismo, que vivo en Zaragoza, suelo cerrar las ventanas y bajar las persianas a cal y canto antes de que el calor que azota el Valle del Ebro entre en casa. Sin embargo, mantener la estancia en penumbra durante todo el día no siempre es la solución más eficaz, ya que, en determinadas circunstancias, puede favorecer que el calor se acumule aún más en el interior.
De hecho, si el objetivo es conservar una temperatura agradable en el interior, puede resultar más eficaz dejar una pequeña abertura. La razón tiene que ver con la forma en que se comporta el calor. La explicación está en la disposición habitual de las ventanas. En la mayoría de las casas, la persiana queda instalada por la parte exterior, delante del cristal. Durante los meses fríos esto apenas tiene consecuencias, pero en verano la radiación solar calienta intensamente la fachada y también la persiana, que absorbe parte de esa energía y eleva su temperatura.
Si la persiana se baja completamente, el espacio que queda entre esta y el cristal puede actuar como una especie de efecto invernadero. Por este efecto horno, el aire queda prácticamente encerrado, se calienta por la radiación solar y apenas puede renovarse. Con el paso de las horas, ese calor acumulado acaba transmitiéndose al vidrio y, desde ahí, al interior de la vivienda, un fenómeno que resulta aún más evidente cuando las ventanas tienen un aislamiento deficiente.
Sin embargo, ese no es el único inconveniente. Al cerrar completamente las persianas, la vivienda queda prácticamente a oscuras, lo que obliga a encender la iluminación artificial incluso durante las horas centrales del día. Más allá del incremento en la factura de la luz, hay otro aspecto a tener en cuenta: cualquier bombilla, por eficiente que sea, también genera calor cuando está encendida, contribuyendo, aunque sea de forma moderada, a elevar la temperatura del interior de la casa.
Cada vez que encendemos una lámpara, una parte de la electricidad que consume se transforma en calor, un fenómeno físico conocido como efecto Joule. Por eso, durante el verano suele recomendarse minimizar el uso de dispositivos que desprenden calor y desenchufar aquellos que no se estén utilizando. Si dejas que entre algo de luz natural manteniendo una pequeña apertura en la persiana, podrás iluminar la estancia sin recurrir a la iluminación artificial, evitando tanto la sensación de vivir a oscuras como la generación de ese calor adicional dentro de la vivienda.
Al dejar ligeramente abierta la persiana, permitimos la salida del aire caliente por la parte superior
Además de evitar que crear esa cámara de aire caliente entre la persiana y el cristal, hay que tener otro aspecto en cuenta, relacionado con un fenómeno físico conocido como convección natural. Cuando el aire situado entre la persiana y el cristal se calienta por la acción del sol, se vuelve menos denso y tiende a ascender.
Si las lamas permanecen ligeramente abiertas o se deja una pequeña rendija, ese aire caliente puede escapar por la parte superior de la persiana mientras entra aire relativamente más fresco por la parte inferior. Esta circulación natural del aire ayuda a renovar la cámara que queda entre la persiana y la ventana, evitando que el calor se acumule en exceso y reduciendo el calentamiento del cristal y, por tanto, la transmisión de calor hacia el interior de la vivienda.
Al cerrar la casa herméticamente, sube la humedad
Mantener la casa fresca no depende únicamente de la temperatura. El nivel de humedad del ambiente también desempeña un papel clave en la sensación de confort. De hecho, aunque a menudo pase desapercibido, una humedad relativa equilibrada puede hacer que una estancia resulte mucho más agradable, incluso cuando el termómetro marca los mismos grados.
Cuando la persiana permanece completamente bajada y la vivienda se mantiene cerrada durante horas, la renovación del aire se reduce al mínimo. Con ello no solo se intenta frenar la entrada de calor, sino que también se dificulta la ventilación del interior. A lo largo del día, actividades tan cotidianas como respirar, cocinar, ducharse o incluso sudar incrementan la humedad ambiental, haciendo que el aire resulte más pesado.
Ese exceso de humedad influye directamente en la sensación de confort, ya que dificulta la evaporación del sudor, el mecanismo natural con el que el cuerpo disipa el calor. El resultado es una mayor sensación de bochorno, incluso aunque la temperatura no haya aumentado. Mantener una pequeña apertura en la persiana puede ayudar a favorecer una ligera circulación del aire cuando las condiciones exteriores lo permiten, contribuyendo a crear un ambiente más agradable.
Así hay que usar las persianas
Esto no significa que debas mantener las persianas completamente abiertas durante todo el día. Siguen siendo un gran aliado para proteger la vivienda del sol, pero la clave está en utilizarlas de forma estratégica, y de hecho, yo voy a seguir haciéndolo, aunque con pequeño cambio.
Abrir las ventanas por las noche y a primera hora de la mañana, mientras en el exterior la temperatura sea menor que en el interior, sigue siendo una buena idea para renovar el aire de dentro de casa. En cuanto el calor comience a apretar, lo recomendable es cerrar las ventanas para evitar que entre el aire caliente del exterior.
En ese momento conviene bajar las persianas, aunque sin cerrarlas por completo: dejar una pequeña abertura en la parte inferior o mantener las lamas ligeramente inclinadas ayuda a reducir la acumulación de calor junto al cristal.
Cuando caiga la noche y la temperatura exterior vuelva a ser inferior a la del interior de la vivienda, será el momento de invertir la estrategia. Abrir las ventanas y subir las persianas facilitará la ventilación cruzada y permitirá expulsar el calor acumulado durante el día, refrescando la casa de forma natural.
Fotografías | Imagen de portada creada con ChapGPT, Magnific, Jan van der Wolf
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