Desde pequeños hemos interiorizado una rutina casi automática cuando llega el verano: bajar persianas, cerrar ventanas y mantener la casa lo más aislada posible durante las horas de más calor. El objetivo era sencillo: impedir que las altas temperaturas del exterior entraran en casa y convirtieran el interior en un horno.
Al caer la noche, la estrategia cambiaba por completo. Entonces llegaba el momento de abrir ventanas y balcones para favorecer la ventilación cruzada y aprovechar el aire más fresco. Una costumbre transmitida de generación en generación que sigue siendo, en muchos hogares, una de las formas más eficaces y económicas de mantener una temperatura más agradable en casa. El problema es que esa realidad que parecía universal e infalible, no lo es tanto a causa del cambio climático.
Las noches ya no son lo que eran
Según datos de AEMET, las noches tórridas —con temperaturas mínimas de 25 grados o más— se han multiplicado por diez desde 1984 en las diez capitales más pobladas del país, afectando a unos nueve millones de personas. Las noches tropicales, las que no bajan de 20 grados, suman hoy una docena más al año que hace cuarenta años. Y España, en términos generales, es unos dos grados más cálida que a principios de los ochenta.
En ciudades costeras y grandes urbes, dormir a 26 o incluso 30 grados a las cuatro de la mañana ha dejado de ser una anomalía para convertirse en algo que ya nadie cuestiona en agosto. Lo que sí hay que cuestionar es si la estrategia de ventilación nocturna sigue siendo válida en esas condiciones.
La clave no es la hora: es el termómetro
El criterio para abrir o cerrar ventanas nunca fue realmente la hora del día. Era la temperatura. Lo que ocurría es que ambas cosas coincidían: de noche hacía fresco, de día hacía calor. Si esa ecuación deja de cumplirse, la estrategia cambia.
Para quienes viven en determinadas zonas del interior peninsular, donde la amplitud térmica sigue siendo alta, el consejo tradicional sigue siendo válido. Abrir de madrugada rinde porque de madrugada realmente refresca. Pero para quien vive en la costa, en las depresiones de ríos como el Guadalquivir o el Ebro, o en una gran ciudad, ventilar por la noche puede estar introduciendo aire caliente en casa en lugar de enfiarla.
En esos casos, la lógica se invierte: hay que sellar la vivienda en cuanto la calle empiece a calentarse y apostar por la inercia térmica. Aquí entra en juego la calidad del aislamiento de la casa, la orientación, las persianas, los toldos, llegado el momento, el aire acondicionado usado de forma eficiente.
El calor también pasa factura al sueño
Hay otro elemento en este debate que va más allá de la temperatura ambiente: cómo afecta el calor nocturno al descanso. El profesor Cameron Van Den Heuvel, de la Universidad de Adelaida, explicó que la regulación térmica es un factor central en el control del sueño: aproximadamente una hora antes de dormir, el cuerpo empieza a perder calor corporal, lo que genera la sensación de cansancio en adultos sanos. Cuando la temperatura ambiente es alta, ese proceso se ve dificultado.
Lo que ya está más establecido es que dormir con calor reduce la calidad del sueño. Las personas con insomnio, de hecho, presentan una temperatura corporal basal más alta justo antes de acostarse que quienes no tienen problemas para dormir. El calor ambiente no ayuda, sino todo lo contrario.
Y si los trucos se acaban, ¿qué queda?
A medida que las noches se calientan, los recursos domésticos van perdiendo margen. El juego de persianas y ventanas no desaparece, pero ya no es suficiente por sí solo en determinadas zonas y en determinadas noches. Los expertos apuntan que si la tendencia se consolida, la respuesta tendrá que venir de otro lugar: mejor protección solar en los edificios, rehabilitación energética de las viviendas y, en los casos más extremos, refugios climáticos.
Por ahora, la lectura práctica es más sencilla: antes de abrir las ventanas por la noche, mira el termómetro. Si la temperatura exterior es inferior a la interior, ventila. Si no, cierra y aguanta con lo que tienes dentro.
Fotografías | Fernando Rosado, yanalya para Freepik
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