Eva Sánchez, veterinaria: "Los gatos no expresan el calor como los perros o las personas; en verano hay que aprender a leer sus señales"

Los gatos no ponen las cosas fáciles a la hora de distinguir entre una simple adaptación al calor y una señal de que algo va mal

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Nacho Viñau Ena

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Con la llegada del calor, los gatos empiezan a comportarse de forma distinta sin que eso tenga por qué ser un motivo de alarma. Duermen más horas, se mueven menos, buscan las baldosas más frías de la casa o se instalan en zonas donde antes no pasaban tanto tiempo. Nada de esto es raro en julio o agosto.

El problema, para quien convive con ellos, es que aunque las altas temperaturas pueden afectarles gravemente, el gato no suele poner las cosas fáciles a la hora de distinguir entre una simple adaptación al calor y una señal de que algo va mal. Y de hecho hay que fijarse en detalles más pequeños, y sobre todo, conocer bien cómo es ese animal cuando está en su estado normal.

De eso habla Eva Sánchez-Paniagua, veterinaria de Clinicanimal, en una entrevista publicada en La Vanguardia. Su planteamiento parte de una idea que repite varias veces a lo largo de la conversación: en verano, cuidar bien de un gato tiene más que ver con ofrecerle opciones que con imponerle soluciones.

Cuándo preocuparse y cuándo no

La veterinaria explica que no hay que preocuparse si el gato duerme más, reduce su actividad o busca superficies más frescas para tumbarse, siempre que mantenga sus rutinas básicas. Si sigue comiendo, bebiendo, usando el arenero con normalidad, acicalándose y respondiendo a los estímulos de siempre, lo más probable es que simplemente esté sobrellevando el calor a su manera.

El problema es cuando un gato se vuelve más apático, se esconde más de lo habitual, deja de comer o empieza a mostrar debilidad, vómitos, jadeos o babea de forma abundante. Además, la veterinaria insiste en la entrevista en que "En gatos, respirar con la boca abierta no debe considerarse una forma normal de combatir el calor y requiere atención veterinaria". 

Gatos ola de calor

Los errores más habituales al intentar refrescarlos

Uno de los fallos más comunes, según explica la veterinaria, es tratar al gato como si fuera una persona con calor: mojarlo entero, meterlo bajo la ducha o exponerlo a frío intenso de golpe. Para la mayoría de gatos esto genera más estrés que alivio, y tampoco recomienda aplicar hielo directamente sobre el cuerpo, bañarlos con agua muy fría o raparlos sin indicación veterinaria: el pelaje cumple una función protectora y participa en la regulación de su temperatura.

La alternativa pasa por dar opciones antes que imponer soluciones: agua fresca siempre disponible, zonas de sombra, algo de ventilación suave y, sobre todo, libertad para que el propio animal elija dónde quiere estar. 

Jugar sí, pero de otra manera

El calor también obliga a repensar el juego. Sánchez-Paniagua recomienda concentrar las sesiones a primera hora de la mañana o al final del día, cuando baja la temperatura, y acortar su duración. También aconseja recurrir a juegos que activen el instinto de caza del animal —cañas, juguetes ligeros, dispensadores de comida o juegos de búsqueda— en lugar de sesiones largas o intensas. El objetivo no es cansarlo, sino mantenerlo estimulado sin forzarlo. Si el gato pierde interés, se aleja o empieza a respirar más rápido de lo normal, es el momento de parar.

Además, la hidratación es otro de los puntos que más preocupa en verano, y aquí la veterinaria apunta a algo tan simple como facilitar el acceso al agua y hacerla más atractiva. Varios bebederos repartidos por la casa, en zonas tranquilas y alejadas del comedero y del arenero, renovando el agua con frecuencia. Muchos gatos, señala, prefieren recipientes anchos y bajos donde los bigotes no rocen los bordes, y las fuentes de agua en movimiento también suelen despertar su interés, siempre que se mantengan limpias. El alimento húmedo puede ayudar a completar la ingesta de líquidos, pero sin forzar nunca al animal.

Aire acondicionado y ventiladores, con matices

Tanto el aire acondicionado como el ventilador pueden ser buenos aliados, pero con una condición: que el gato pueda elegir. Sánchez-Paniagua desaconseja dirigir el aire frío directamente hacia el animal u obligarlo a quedarse en una zona concreta, y propone en cambio mantener un ambiente estable con acceso a distintas temperaturas según prefiera. Su consejo es observar la reacción del gato: si evita una habitación o cambia sus rutinas, probablemente haya que ajustar la intensidad o la posición del aparato.

Anticiparse, la clave de todo

Preguntada por un único consejo para el verano, la veterinaria lo resume en una idea que atraviesa toda la entrevista: anticiparse. Los gatos, explica, esconden muy bien el malestar, y muchas veces no dan señales evidentes hasta que el problema ya está avanzado. 

Mantener siempre agua disponible, ofrecer un ambiente fresco y conocer la rutina habitual del animal permite detectar los pequeños cambios antes de que vayan a más. Como ella misma resume, "la mejor herramienta que tiene un cuidador es conocer a su propio gato".

Fotografías | Clinicanimal, Magnific, wirestock

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