Qué dice la psicología sobre las personas que acarician perros en la calle

Detenerse a saludar a un perro desconocido responde a mecanismos cerebrales relacionados con el bienestar y la reducción del estrés

Acariciar perros en la calle
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Nacho Viñau Ena

Coordinator

Supongo que a muchos de vosotros os pasa. Os cruzáis con un perro por la calle o en un parque, y ya no es que sonriáis y os lo quedéis mirando... Es que tenéis auténtica necesidad de acariciarlo por unos momentos. Es un gesto tan habitual y tan asumido en tantas personas, que apenas reparamos en él. Pero detrás de esa reacción aparentemente espontánea hay mucho más de lo que parece.

La ciencia lleva años estudiando cómo influye la relación entre las personas y los animales en nuestro bienestar. Y lejos de ser una simple muestra de cariño hacia los perros, detenerse unos segundos para interactuar con ellos puede revelar aspectos de nuestra personalidad e incluso convertirse en una pequeña herramienta para combatir el estrés cotidiano.

Lo que ocurre en el cerebro cuando vemos un perro

La disciplina que estudia la relación entre humanos y animales, conocida como antrozoología, ha analizado ampliamente este comportamiento. Una de las explicaciones apunta a que el contacto con un perro activa el sistema de recompensa del cerebro y favorece la liberación de oxitocina, una hormona relacionada con el apego, la confianza y los vínculos afectivos.

Este mecanismo tiene relación con el llamado baby schema o "esquema del bebé", un concepto desarrollado por el etólogo Konrad Lorenz. Según esta teoría, determinados rasgos físicos, como los ojos grandes, las expresiones suaves o las proporciones redondeadas, despiertan de forma automática nuestro instinto de cuidado. Muchos perros presentan precisamente esas características, lo que ayuda a explicar por qué generan tanta empatía incluso cuando no los conocemos.

Acariciar perros en la calle

Pero no todo queda en una sensación subjetiva. La ciencia también ha medido qué sucede en nuestro organismo cuando acariciamos a un animal. Una investigación realizada por la Washington State University y dirigida por la profesora Patricia Pendry concluyó que bastan apenas diez minutos de interacción con perros o gatos para reducir de forma significativa los niveles de cortisol, la principal hormona relacionada con el estrés. Lo más interesante del estudio es que el beneficio aparece gracias al contacto directo: acariciar al animal produce una respuesta fisiológica que ayuda a disminuir la tensión y favorece una sensación inmediata de calma.

Un rasgo que también habla de la personalidad

Los psicólogos también han encontrado relación entre este comportamiento y determinados rasgos de personalidad. Las personas que sienten un impulso casi automático por interactuar con los animales suelen obtener puntuaciones elevadas en el factor de Afabilidad dentro del conocido modelo de personalidad de los Cinco Grandes (Big Five).

Se trata, por lo general, de personas con una elevada capacidad empática, que interpretan con facilidad las señales no verbales y buscan conexiones emocionales sinceras. En un entorno urbano marcado por las prisas y las relaciones cada vez más superficiales, un perro representa una interacción libre de juicios y completamente espontánea.

De hecho, para muchas personas detenerse unos segundos a acariciar un perro funciona como una forma inconsciente de autorregulación emocional. Después de una jornada complicada o de un momento de tensión, ese breve contacto puede convertirse en una pausa que ayuda a desconectar y rebajar la carga mental antes de continuar con el día.

Siempre con respeto hacia el animal

Eso sí, que nuestro cerebro encuentre beneficios en esa interacción no significa que debamos acercarnos a cualquier perro sin más. Los especialistas en comportamiento animal recuerdan que el bienestar del perro siempre debe ser la prioridad.

Lo recomendable es pedir permiso antes al tutor del animal y observar también el lenguaje corporal del propio perro. Si evita el contacto, bosteza repetidamente, gira la cabeza o se lame el hocico de forma insistente, probablemente esté indicando que prefiere mantener las distancias.

En caso de que el perro se muestre tranquilo y receptivo, los expertos aconsejan evitar acercar directamente la mano por encima de la cabeza, ya que algunos animales pueden interpretarlo como un gesto invasivo. Resulta más adecuado ofrecer primero la mano para que pueda olfatearla y, después, acariciar suavemente el pecho o los costados.

Al final, ese impulso de detenerse a saludar a un perro desconocido no solo habla de nuestro cariño hacia los animales. También refleja la extraordinaria capacidad que tiene nuestro cerebro para buscar pequeños momentos de bienestar en el día a día y cómo, a veces, un gesto de apenas unos segundos puede ayudarnos a reducir el estrés y mejorar nuestro estado de ánimo.

Fotografías | prostoolehprostooleh

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