Han sustituido metros cuadrados por paisaje, comodidades inmediatas por procesos lentos y consumo por ingenio
Ana y Erika tienen 40 años y hace cuatro decidieron cambiarlo todo. Cansadas del estrés y el ruido de la ciudad de Bilbao, compraron una pequeña cabaña en la montaña para restaurarla y convertirla en su edad soñado. En su canal 'Éramos una vez' comparten todo el proceso de la reforma, así como sus aciertos y errores y ganas de seguir adelante a pesar de las dificultades "Pinchamos un manantial y se nos empezó a inundar la casa".
Lo que encontraron no era una vivienda, sino una estructura rural que jamás había sido habitada por personas. Sin divisiones, sin instalaciones y sin apenas recursos económicos (ellas mismas reconocen que estaban “a dos velas”) decidieron invertir sus ahorros en lo que el mercado inmobiliario actual consideraría insuficiente incluso para una entrada. Pero lo que compraron no fue solo una construcción: fue tiempo, paisaje y posibilidad.
Restaurar desde cero y vivir mientras se construye
La cabaña, enclavada en plena naturaleza cántabra, sigue en proceso de rehabilitación. El tejado aún no está completamente rematado y el aislamiento es, por ahora, fruto de la creatividad más que de la técnica. Alfombras y mantas cuelgan de paredes y techos como soluciones provisionales para frenar el frío y la humedad que impone el entorno.
Durante casi dos años, incluso después de instalarse allí, durmieron dentro de una tienda de campaña montada en el interior. No era una excentricidad estética, sino una estrategia práctica: la lona les permitía aislarse del polvo de la obra y conservar algo de calor durante la noche. Hoy, disponer de una cama fija representa uno de los grandes logros emocionales del proyecto, un símbolo de estabilidad en medio del proceso.
Una cocina que es hogar, calefacción y sistema de agua
El corazón de la vivienda no es un salón ni un dormitorio, sino una cocina de leña. La “chapa”, como ellas la llaman, concentra la vida doméstica. Allí cocinan, hierven agua para infusiones y logran combatir la humedad constante. Cada comida encendida supone también un aporte de calor que funciona como sistema de calefacción natural en un espacio donde no existen radiadores ni climatización convencional.
En términos de diseño, la estancia responde a la lógica de la autosuficiencia: funcionalidad extrema, materiales resistentes y una estética que nace de la necesidad. La cocina no es un elemento decorativo, sino estructural en su forma de habitar.
Higiene, ingenio y gimnasio
Si algo evidencia el contraste entre su antigua vida urbana y la actual es el baño. Su objetivo es instalar una ducha con agua caliente dentro de la cabaña, pero por ahora no es viable "Hay que reconocer que a nivel higiene y salubridad vamos justitas, pero es el precio a pagar para conseguir lo que quieres". La solución fue inscribirse en un gimnasio cercano para poder ducharse durante el invierno. Admiten con naturalidad que, en muchas ocasiones, acudían exclusivamente para eso.
El aseo en casa es seco y se encuentra en una pequeña construcción exterior, próxima al gallinero. Antes utilizaron un inodoro químico portátil; ahora avanzan hacia soluciones más integradas con el entorno. Cada mejora llega cuando es posible, sin prisas pero sin pausa.
Energía propia, dependencia mínima
La electricidad también forma parte de su aprendizaje. Viven casi desconectadas de la red gracias a placas solares que alimentan una pequeña central eléctrica doméstica. Con ella cargan ordenadores y gestionan su trabajo diario. En invierno, cuando la radiación solar disminuye, un generador de gasolina cubre emergencias puntuales. Este sistema no solo reduce costes, sino que redefine la relación con el consumo: cada aparato encendido tiene un peso real, cada recurso se mide y se valora.
Del “gran diluvio” a un proyecto digital
Su fuente principal de ingresos ya no procede de empleos externos, sino de la comunidad que han creado en torno a su experiencia. En su canal de YouTube documentan avances, errores y aprendizajes. El proyecto digital nació casi por casualidad, tras un episodio que recuerdan como “el gran diluvio”.
Al rebajar el suelo de la cabaña para ganar altura interior, perforaron accidentalmente un manantial subterráneo. El agua inundó el espacio y pasaron 48 horas achicando sin descanso. Compartieron los vídeos con amigos y alguien sugirió publicarlos. Lo que comenzó como una anécdota se convirtió en una comunidad interesada en la vida sostenible y en las reformas reales, sin filtros.
Huerta, gallinas y nuevas fobias superadas
Su búsqueda de autosuficiencia también se refleja en la alimentación. Cultivan coles y acelgas en una pequeña huerta y mantienen un gallinero provisional que les proporciona huevos frescos. No aspiran a un aislamiento total del mercado, pero sí a reducir dependencia y gastos de forma consciente.
La montaña también ha transformado su relación con el entorno natural. Donde antes había miedo, ahora hay convivencia. Erika, que antes no soportaba la presencia de arañas, hoy las bautiza como “Rogelias” y las retira con la mano para devolverlas al exterior. El cambio no es solo físico, sino emocional.
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