En un lugar perdido entre las montañas, ahí donde nadie parece habitar, se encuentra Álvaro, un hombre de 39 años que hace seis que decidió cambiar de vida y volver a la aldea asturiana donde su padre creció de niño. Su único objetivo es mantener vivo el pueblo al que está ligada buena parte de la historia de su familia, conservarlo y evitar que esta aldea olvidada caiga en el derrumbe y la soledad.
Su historia se ha dado a conocer a través del canal de YouTube hilux_aventura, que se adentra en esta aldea aislada para descubrir una realidad cada vez menos frecuente: la de los pueblos que han perdido a casi todos sus habitantes, pero que todavía conservan personas dispuestas a cuidar de ellos.
Entre viviendas abandonadas, tejados deteriorados y caminos que amenazan con desaparecer bajo la vegetación, destaca una casa que continúa habitada. Allí vive Álvaro, en una propiedad que restauró su padre años atrás y que hoy se ha convertido en el símbolo de una herencia sentimental que va mucho más allá de las paredes de piedra. "Mi objetivo es mantener el pueblo", afirma.
Un regreso marcado por los recuerdos de su padre
La relación de Álvaro con esta aldea no comenzó cuando decidió instalarse en ella. Su historia se remonta a su infancia, a las visitas familiares y a las anécdotas que su padre le contaba sobre un lugar donde había crecido parte de su familia.
"En este pueblo se crio mi abuela y mi padre me contaba muchas anécdotas de aquí de pequeño", recuerda. Aquellos relatos fueron construyendo un vínculo que el paso de los años no consiguió borrar. Aunque la vida lo llevó lejos durante una etapa, el recuerdo de aquellas montañas y el cariño que su padre sentía por la zona permanecieron presentes.
Hace seis años, el destino lo llevó de nuevo hasta allí por motivos de trabajo. Lo que podría haber sido simplemente un regreso temporal terminó convirtiéndose en una nueva etapa vital. Álvaro recuperó los recuerdos de su infancia y descubrió que aquel lugar seguía teniendo un significado especial para él.
"Entre los recuerdos que tenía y el amor que tenía mi padre por esta zona, me lo han inculcado a mí", explica. Una herencia emocional que no se transmite mediante documentos ni propiedades, sino a través de las historias compartidas, las experiencias vividas y la manera en que una familia aprende a querer un lugar.
Ahora, ese cariño se ha transformado en una responsabilidad. Álvaro quiere que el pueblo siga siendo accesible, que disponga de agua y que quienes se acerquen hasta allí puedan disfrutar de su entorno. No se trata únicamente de conservar una casa, sino de mantener las condiciones necesarias para que la aldea continúe formando parte del presente. "Yo ahora tengo un objetivo, que es mantener el pueblo, que el acceso a carretera esté bien, que tenga agua, que la gente lo disfrute cuando venga", señala.
La casa que su padre restauró con materiales de la zona
En un entorno donde muchas viviendas han quedado abandonadas, la casa de Álvaro destaca por seguir teniendo vida. Es la propiedad que su padre compró y reformó cuando todavía soñaba con disponer de un espacio propio en aquella aldea ligada a sus raíces. "Mi padre la disfrutó unos años, pero falleció hace ocho y el destino me trajo a mí aquí hace seis y ahora la disfruto yo", relata.
Durante su infancia, las visitas familiares tenían algo de expedición. La familia se alojaba en la antigua casa familiar y, debido a la ausencia de acceso rodado hasta el pueblo, tenía que dejar el coche en una localidad situada más arriba y completar el recorrido a pie, cargada con las mochilas y lo necesario para pasar unos días allí.
"Cuando yo venía de pequeño, solíamos quedarnos en la casa familiar grande y teníamos que dejar el coche en el pueblo de arriba y, con las mochilas y el camping gas, era venir a la aventura", recuerda.
Aquellas dificultades formaban parte de la experiencia de visitar un lugar apartado de las comodidades habituales. Llegar hasta allí requería planificación, esfuerzo y ganas de desconectar de la vida cotidiana. Pero también contribuía a crear recuerdos que, con el tiempo, acabarían adquiriendo un valor especial.
Su padre quiso dar un paso más. No quería limitarse a visitar la zona, sino tener allí una propiedad propia que pudiera disfrutar y mantener. Así fue como adquirió la vivienda que hoy ocupa Álvaro y emprendió su restauración utilizando materiales de la zona. "Mi padre tenía la ilusión de tener algo suyo propio, compró esta propiedad y la reformó con materiales de la zona", cuenta.
Álvaro recuerda que su padre pudo llevar a cabo la obra gracias también a la aceptación de los vecinos de la zona. "Tuvo suerte de que gente de la zona le aceptó la obra", explica, una frase que deja entrever la importancia de la relación con la comunidad en lugares donde las costumbres y la memoria colectiva tienen tanto peso.
Una aldea sin carretera
El aislamiento es una de las características que mejor definen este pueblo asturiano. Allí nunca llegó la carretera, una circunstancia que durante décadas condicionó la vida cotidiana y que hoy ayuda a comprender por qué la aldea terminó perdiendo a buena parte de sus habitantes.
Según explica Álvaro, las últimas familias que vivieron allí de manera habitual se marcharon hacia comienzos de la década de 1960. Desde entonces, el abandono fue dejando su huella en las viviendas y en los caminos. "Las últimas familias que habitaron la aldea fueron hacia el 60 y poco", recuerda.
La marcha de los vecinos no solo supuso el cierre de las casas. También significó la desaparición progresiva de una forma de vida construida alrededor del trabajo, la convivencia y la relación directa con el territorio. Cuando una aldea pierde a sus habitantes, los edificios dejan de recibir mantenimiento, los accesos se deterioran y la vegetación recupera poco a poco los espacios que antes estaban cuidados.
Fotografía de portada | hilux_aventura
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