Nuestras ciudades son cada vez más uniformes y aburridas. Y la culpa no la tiene solo la desaparición del comercio local y su sustitución por cadenas y franquicias. Esa uniformidad llega también por la expansión de los conocidos como bloques cebra. Da igual que demos un paseo por Madrid, por Zaragoza o por Málaga. Esos edificios clónicos, reconocibles por sus franjas negras y blancas, proliferan por todo el país.
Se ven sobre todo en los ensanches, pero también aparecen en solares de la ciudad consolidada. Y se usan tanto en promociones de VPO como en viviendas de alto standing. Y de hecho, en gran parte de los casos, te los venden como 'viviendas de lujo", ya que nos las meten por los ojos como algo aspiracional, siendo acompañadas en muchas ocasiones de piscinas infinitas, gimnasios privados o incluso terrazas gastro.
Pero más allá de esas etiquetas y de esas fórmulas de marketing, los bloques cebra son un modelo constructivo que se basa en la eficiencia y en la reducción de costes y que elimina la diversidad estética y paisajística que existía en nuestras ciudades.
En este sentido, sus promotores olvidan que a la hora de construir, debería influir el clima, el contexto o el paisaje urbano y cultural, mediante un modelo que sustituye el diseño por un render genérico que podría levantarse en cualquier rincón del país. En cuentas como @bloquecebra, lo llegan a calificar de fast food inmobiliario.
Frente al colorido de los cascos históricos, donde predominan los colores ocres, los terracotas, las tejas, las fachadas pintadas o las maderas envejecidas, todo en diálogo con el clima y la tradición constructiva del lugar, los nuevos ensanches se olvidan de la diversidad cromática en beneficio del blanco, el negro y el gris.
¿En qué momento nos hemos olvidado del color?
El arquitecto Edu Saz ha estado reflexionando sobre los bloques cebra en un vídeo de su canal de Youtube. En esta plataforma, este profesional explicaba que hace unas semanas había visitado promoción en un barrio nuevo. "Eran aproximadamente cinco manzanas, todas con la misma receta de franjas blancas y negras, ante pechos oscuros, vidrios ahumados y si de repente sueltas allí a alguien es que no sabría decirte en qué ciudad estaba".
En su análisis, Edu Saz identifica cuatro factores que explican esta monocromía arquitectónica. La primera es una fuerza cultural. "Llevamos siglos arrastrando una cierta desconfianza hacia el color. Se le ha llamado caprichoso, infantil, vulgar, mientras que a la forma, a la línea, se la viste de razón y de nobleza", explica el arquitecto. Este sesgo no solo afecta a los profesionales, sino también a los clientes: si quieres parecer serio y atemporal, te vas a los neutros. En marketing inmobiliario, además, lo neutro no ofende a nadie. Esa misma filosofía es la que lleva a muchos hoteles a amueblarlos en el mismo tono atemporal y de estilo minimalista dando igual si estás en Madrid o en Copenhague, con el fin de que la mayor proporción de huéspedes se sientan bien.
El segundo factor es técnico. "El color intenso en exteriores sufre. El sol lo degrada, la lluvia lo desgasta y una fachada en rojo vivo te obliga a mantenerla, a repintar", advierte Saz. En cambio, un reboco blanco, un panel gris o un aluminio negro envejecen mejor (o al menos ocultan mejor el paso del tiempo). La industria, además, ofrece un catálogo estándar en estas gamas neutras con mayor garantía. Salirse de ahí encarece los proyectos y complica el proceso.
El tercer factor es el económico. "El promotor quiere vender rápido y minimizando el riesgo. Pedir un lacado especial, hacer pruebas, explicar una paleta atrevida a los clientes... todo eso cuesta dinero y tiempo", apunta el arquitecto. La receta del blanco y negro, en cambio, entra bien en un render, parece premium y no polariza al comprador. El resultado: la misma solución en cualquier punto del país, independientemente del clima, la luz o la tradición local.
Un urbanismo idéntico en cualquier punto del país
Y la cuarta, quizá la más determinante, es la causa urbanística. "¿Cómo vamos a pedir edificios diferentes si los ensanches son prácticamente idénticos en cualquier parte del país?", se pregunta Saz. "Si el tejido urbano es homogéneo, la morfología se repite. Si la morfología se repite, la fachada también. El planeamiento urbano, con sus anchos de calle, sus parcelas, sus alturas, prediseña medio edificio antes de que empecemos."
Si queremos ciudades menos homogéneas, este arquitecto tiene claro por dónde empezar: desde el planeamiento urbano. "No basta con pedir simplemente más color. Hay que introducir diversidad desde el planeamiento. Hay que variar alturas de cornisas dentro de un rango. Hay que admitir diferentes paletas, flexibilizar anchos y profundidades para romper el ritmo, premiar tipologías distintas y definir guías cromáticas por contexto, no solo un neutro que sirve para todos", enumera.
Solo así, argumenta, el edificio tendrá un margen real para ser diferente y el color podrá volver como decisión de proyecto, no como un accesorio de última hora. "Hemos normalizado la escala de grises por cultura, por industria y por prisa, pero el color siempre ha estado con nosotros", recuerda Saz.
Además, explica que el color que funciona suele dialogar bien con el entorno. Si estás, por ejemplo, en el Mediterráneo, los ocres, los terracotas funcionan muy bien porque hablan el mismo idioma que esa luz dura y esos suelos de tierra. Si el clima es un poquito más húmedo, pues los rojizos de la madera, de las tejas contrastan bastante bien con las nubes, con el verde de la vegetación de los bosques.
"Y en el sur, el blanco funciona muy bien porque refleja la luz y ayuda a controlar la temperatura en el interior. El color es una manera de la arquitectura de relacionarse con el entorno, de hablar de los materiales de la zona, de la tradición, de la climatología", explica el arquitecto. Por eso, "al utilizar el mismo edificio repetido por todo el país, como si se tratara de un coche, pues nos estamos empobreciendo culturalmente y estamos perdiendo la oportunidad de seguir aportando valor a nuestras ciudades", explica este profesional.
El problema no es solo cromático
Además, este arquitecto recuerda que el problema de los bloques cebra no es solo cromático. Edu Saz señala otro aspecto fundamental: la escala. "Estos edificios utilizan el color, esas franjas blancas y negras, para unificar todos los huecos en fachada. Así, todas las ventanas quedan en una hilera blanca o negra. Esto le quita esa escala doméstica al edificio y hace que literalmente parezca un hospital", explica.
Aún así, estar en contra de las torres o de los bloques cebra no significa apostar por el color sin criterio. En este sentido, Saz señala que "El color en arquitectura es una herramienta. Sirve para modular proporciones, para segmentar un volumen muy largo, para aligerar una coronación o asentar un zócalo, para marcar accesos, para dotar de identidad un conjunto en serie sin cambiar la estructura". Además, explica que sirve también para anclar un edificio a un lugar, a la vegetación, al cielo y a la tradición material de su entorno."
Fotografías | Edu Saz
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