Vivir en la ciudad está muy bien. Tienes todos los servicios disponibles para ti, un montón de opciones para elegir y si tienes niños, muchísimas actividades extraescolares para entretenerse con ellos. Sin embargo, el ajetreo que supone vivir en la ciudad, la falta de tranquilidad y muchas veces incluso la imposibilidad monetaria de vivir allí, hacen que muchas familias se estén mudando a la zona rural en busca de una vida mejor.
Es lo que le ocurrió a Aurora (@aurora_mats) y a su familia después de comprar una antigua vivienda en una pequeña aldea gallega por menos de 10.000 euros. La idea inicial era convertirla en una segunda residencia, pero una vez que comenzaron a pasar tiempo allí, descubrieron que aquel proyecto podía convertirse en algo mucho más importante. "Aunque la intención era una segunda residencia, nos dimos cuenta de que era la vida que queríamos", explica Aurora.
De segunda residencia a hogar permanente
La decisión fue entonces mucho más radical, dejar Cataluña y trasladarse a Galicia para comenzar una nueva etapa familiar. Pero el cambio de planes también modificó por completo el concepto de reforma, ya que no es lo mismo rehabilitar una vivienda para utilizarla durante algunos fines de semana o periodos vacacionales que prepararla para vivir en ella los 365 días del año.
Una segunda residencia puede permitir determinadas carencias o soluciones provisionales. Una vivienda habitual, en cambio, necesita responder a cuestiones fundamentales como el aislamiento, la distribución, la estabilidad de la construcción, las instalaciones o la eficiencia energética.
Por eso, lo que inicialmente iba a ser una reforma terminó convirtiéndose prácticamente en una reconstrucción. "Nos dimos cuenta de que no es lo mismo una reforma para segunda residencia que una reforma para vivir permanentemente, así que estamos literalmente desmontando toda la casa", cuenta Aurora.
Quitar el tejado para empezar de nuevo
La transformación que está experimentando la vivienda no es precisamente superficial. La familia ha retirado el tejado, ha comenzado a sacar los niveles y está trabajando para levantar de nuevo diferentes partes de la casa. Es decir, el proyecto parte prácticamente de la estructura de la vivienda para conseguir adaptarla a las necesidades actuales.
Este tipo de rehabilitación permite conservar la esencia y la historia de una construcción antigua, pero al mismo tiempo ofrece la posibilidad de solucionar problemas que, de otro modo, podrían resultar difíciles de corregir. La intención no es simplemente cambiar los muebles, pintar las paredes o actualizar la decoración. Se trata de recuperar una casa rural y convertirla en un hogar contemporáneo sin perder la conexión con el entorno.
El reto de encontrar profesionales en el rural
El precio de compra puede parecer sorprendente, pero adquirir una vivienda por menos de 10.000 euros está muy lejos de significar que la reforma vaya a ser económica. Pero uno de los principales problemas con los que se han encontrado es precisamente la dificultad para encontrar profesionales disponibles en zonas rurales. "Hay un problema muy grande cuando compras algo en el rural: no hay profesionales, cuesta mucho encontrarlos", explica Aurora.
Es una de las dificultades habituales a las que se enfrentan quienes deciden recuperar viviendas en pequeñas aldeas. La menor concentración de población y la distancia respecto a los grandes núcleos urbanos pueden hacer que determinados oficios sean más difíciles de localizar y que los tiempos de espera se alarguen.
En este caso, la familia cuenta, además, con una ventaja importante, su experiencia profesional. "Nosotros nos hemos dedicado a la construcción y por suerte no es la primera reforma que hacemos", explica.
Una casa barata que exige una gran inversión de tiempo
La historia de Aurora demuestra que el precio de compra de una vivienda rural es solo el comienzo de la ecuación. Una casa de menos de 10.000 euros puede necesitar una inversión considerable para convertirse en una vivienda confortable y preparada para una familia. En especial cuando el objetivo no es realizar una reforma estética, sino intervenir en elementos estructurales y constructivos.
Pero hay algo que el dinero no puede comprar: el entorno. Vivir en una aldea de menos de 50 habitantes supone apostar por un modelo de vida radicalmente diferente al de una gran ciudad. Menos servicios, menos vecinos, más distancia y, a cambio, un contacto mucho mayor con la naturaleza, el silencio y los ritmos propios del mundo rural. Para Aurora y su familia, ese cambio dejó de ser una posibilidad para convertirse en una elección.
Fotografía de portada | Vía @aurora_mats
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