
A la hora de afrontar las vacaciones con nuestras mascotas, la mejor opción suele ser la que menos cambia la rutina del animal
Para muchos, pasar las vacaciones sin sus mascotas es algo casi inconcebible. Y a esa tendencia imparable, el sector del turismo y la restauración se ha puesto las pilas, con hoteles que permiten alojar mascotas, o cafeterías que ponen bebederos. De hecho, la oferta pet friendly ha crecido tanto y hemos normalizado tanto disfrutar de nuestro tiempo de ocio con las mascotas que ya casi ni nos preguntamos si el viaje le conviene al animal.
En una entrevista en National Geographic, el veterinario especializado en etología clínica y bienestar animal, Tomàs Camps, ha desmontando varios mitos sobre viajar con mascotas y explica por qué, en algunos casos, el gesto más cariñoso puede ser justo el contrario: no llevarlo.
No todos los perros se adaptan igual, y con los gatos hay que ir con más cuidado
Camps arranca desmontando la idea de que cualquier perro puede acompañarnos sin más. "El primero, seguramente, es que todos los perros se adaptan. Hay perros que viajan muy a gusto, pero también hay muchos para los que puede ser una experiencia horrible. Depende del individuo, del transporte, del destino y de cómo se haya preparado ese viaje", explica el veterinario.
Con los gatos el matiz es distinto. Camps rechaza esa idea tan extendida de que "van a su bola": "No me gusta nada esa idea de que van a su bola, porque son animales sociales y pueden crear un vínculo profundo con su familia. Pero por su sensibilidad a los cambios y por esa respuesta tan intensa que pueden tener ante situaciones nuevas, no aconsejaría llevarlos de viaje si existe otra alternativa saludable".
La bodega del avión, el punto que más preocupa al etólogo
Si hay un momento en el que Camps se muestra especialmente claro es al hablar de los vuelos. Según explica durante la entrevista, la presencia de una persona de confianza actúa como un amortiguador emocional para el animal, y eso es justo lo que desaparece cuando un perro viaja solo en la bodega. "Sabemos que estas situaciones son menos estresantes cuando el animal está con una persona de la familia o con un perro conocido, por eso yo trataría de evitar a toda costa meter a un perro en la bodega de un avión, salvo que sea estrictamente necesario", afirma.
Y no se queda ahí. Camps describe lo que supone ese trayecto para el animal: "Un trayecto largo, solo, con ruidos, movimientos, oscuridad, frío o calor puede ser muy difícil de gestionar. Ocho horas así, para mí, puede ser realmente traumático".
Señales de que el animal no lo está pasando bien, aunque parezca tranquilo
Uno de los puntos más útiles de la entrevista es el que dedica a reconocer el malestar cuando no es evidente. Camps enumera algunas señales claras: jadeos, taquicardia, cola entre las piernas, orejas hacia atrás, pupilas dilatadas o miradas constantes de chequeo del entorno. En gatos, apunta, suele traducirse en que dejan de comer o se esconden.
Pero también existe un estrés más silencioso. "En perros, si durante el paseo no olfatea, no explora y solo tira de la correa intentando llegar a otro sitio, probablemente no está disfrutando. Que un animal no proteste no significa necesariamente que esté bien", advierte el etólogo.
El calor, el gran enemigo de las razas braquicéfalas
Camps insiste en que estamos normalizando llevar a los perros a destinos y situaciones para las que no están preparados, sobre todo en verano. "Los perros suelen adaptarse mejor al frío que al calor, porque pierden calor con más dificultad. En razas braquicéfalas, como bulldog francés, bulldog inglés, carlino, pequinés o bóxer, el riesgo es mayor, igual que en animales con problemas cardíacos o respiratorios", explica.
La recomendación es sencilla pero se olvida con facilidad: sombra, agua fresca y buena corriente de aire en todo momento. Y una advertencia que no debería hacer falta repetir: dejar al perro en el coche nunca es una opción, ni siquiera unos minutos.
El transportín no se improvisa el día antes
Otro de los errores más comunes, según Camps, es dejar la preparación del transportín para el último momento. "El mayor error es acordarse del transportín el día de antes. Esto no se puede improvisar. El transportín hay que positivizarlo poco a poco, durante semanas o incluso meses. Primero con la puerta abierta, con su cama dentro, con comida, premios y momentos de descanso. Después se va cerrando de forma gradual", detalla.
Sobre la opción de sedar al animal para el viaje, Camps es tajante: no toda tranquilidad aparente significa que el animal esté mejor. Explica que un fármaco como el maleato de acepromacina puede limitar el movimiento del perro sin reducir realmente su ansiedad, así que el animal puede "parecer quieto" mientras sigue pasándolo mal. Su recomendación pasa siempre por consultar con un veterinario antes de medicar por cuenta propia.
La alternativa que casi nunca se plantea
Cuando se le pregunta por la mejor opción cuando viajar no conviene, Camps lo tiene claro: "La mejor opción suele ser la que menos cambia la rutina del animal. Si puede quedarse en casa con alguien conocido que viva en tu casa esos días, mucho mejor que visitas puntuales".
Y remata con una idea que resume bien el espíritu de toda la entrevista: la decisión no debería girar en torno a si nos apetece llevarlo, sino a si eso beneficia realmente al animal. "No se trata de llevarlo siempre ni de dejarlo siempre, sino de tomar la decisión pensando en su bienestar, no solo en nuestras ganas de llevarle".
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