Rosa, barcelonesa, vive en un pueblo frío de Salamanca con 35 habitantes: "La calidad de vida no se puede comparar"

Malpartida

La despoblación ha dejado calles más vacías, viviendas cerradas y negocios que ya no encuentran suficientes clientes

Hay lugares en los que el silencio no es simplemente ausencia de ruido, sino una manera distinta de medir el tiempo y de vivir en tranquilidad. En Malpartida, un pequeño municipio de la provincia de Salamanca, los días de invierno avanzan despacio, entre fachadas de viviendas tradicionales, calles prácticamente vacías y un frío que se instala desde primera hora de la mañana.

Es enero y apenas pasa del mediodía. El cielo permanece cubierto y el frío aprieta en esta localidad de la comarca de Tierra de Peñaranda. La tranquilidad solo se interrumpe de vez en cuando por el ladrido de un perro, el sonido de alguna obra o la llegada de uno de los vehículos que recorren estos pueblos para acercar a sus vecinos aquello que necesitan.

Porque en Malpartida buena parte de la vida cotidiana llega hasta la puerta de casa. El panadero pasa tres veces por semana. El médico acude un día y la enfermera, dos. El pescado, los productos de alimentación y otros artículos básicos llegan a través de vendedores ambulantes. No hay comercio permanente y tampoco queda ya el bar que durante años funcionó como punto de encuentro.

Sin embargo, quienes viven allí no hablan únicamente de carencias. Hablan también de tranquilidad, de vecinos que se conocen, de tardes compartidas y de una sensación de comunidad que resulta difícil encontrar en las ciudades.

Según recoge el medio local Salamanca al Día y del cual parte esta entrevista, el Instituto Nacional de Estadística contabilizaba74 habitantes en Malpartida en 2025, aunque la percepción de quienes viven allí durante los meses más fríos es muy diferente. En invierno, aseguran, son muchos menos los vecinos que permanecen en el municipio.

Un pueblo que cambia cuando llega el invierno

La imagen de Malpartida durante los meses de enero y febrero poco tiene que ver con la de los meses estivales. El pueblo puede llegar a reunir alrededor de 300 personas en verano, mientras que durante el invierno la población habitual se reduce considerablemente.

Rosa Castañeda habla de aproximadamente 35 vecinos que permanecen en el municipio durante esta época. Una cifra que explica, en buena medida, la sensación de calma que domina sus calles. Pero la vida no desaparece. Simplemente adquiere otro ritmo.

Uno de los momentos que altera esa quietud es la llegada del camión de reparto. Para muchos vecinos, su presencia es mucho más que una cuestión práctica: es también una pequeña cita social. Las puertas se abren, alguien sale a comprar y durante unos minutos las conversaciones se suceden en torno al vehículo.

En un lugar donde ya no existen tiendas ni establecimientos que funcionen como punto de reunión, estos encuentros cotidianos adquieren un valor especial. La situación es muy distinta a la que recuerda Nicolás García García, vecino de Malpartida desde hace más de medio siglo. Natural de Salmoral, ha sido testigo directo de cómo el municipio ha ido perdiendo habitantes y servicios.

Su relato, recogido por Salamanca al Día, resume con crudeza la dimensión de ese cambio. "Somos cuatro", afirma al referirse a la población que realmente permanece en el pueblo, para precisar después: "Dormir en el pueblo, ni veinte siquiera".

Nicolás conoce bien la dureza de la vida rural de otras décadas. Trabajó en el campo desde muy joven y recuerda incluso épocas en las que llegó a dormir en sacos de paja durante las faenas agrícolas.

Hoy las dificultades son diferentes. Ya no se trata tanto de la dureza física del trabajo como de la progresiva desaparición de servicios. "Aquí, ¿qué va a haber?", se pregunta al hablar de la falta de comercios. También lamenta el cierre de uno de los espacios que tradicionalmente vertebraban la vida social de cualquier pueblo: "El bar hace ya tiempo que cerró".

Casas cerradas, pero hogares que siguen vivos

La despoblación también se percibe en la arquitectura. En las calles de Malpartida abundan las viviendas cerradas, casas que fueron hogares familiares y que hoy permanecen vacías durante buena parte del año. Pero una casa cerrada no significa necesariamente una casa olvidada.

Algunas conservan todavía sus recuerdos, sus muebles, sus fotografías y la memoria de varias generaciones. Otras vuelven a abrirse durante el verano, cuando quienes se marcharon regresan temporalmente al pueblo. Y también existen viviendas que comienzan una nueva etapa.

Durante la visita realizada por Salamanca al Día, una de las pocas señales visibles de actividad era precisamente una vivienda que estaba siendo rehabilitada. Un detalle aparentemente pequeño, pero significativo en un lugar donde cada casa recuperada supone también una oportunidad para mantener vivo el tejido del municipio.

El valor de una mesa compartida

Para Felicidad Hernández Ruano, vecina de Malpartida «de toda la vida», el recuerdo del pueblo que conoció en su juventud está inevitablemente ligado a una población mucho más numerosa. "Recuerdo que cuando yo era joven éramos mucha gente. En mi grupo de amigas éramos doce", recuerda.

Aquella Malpartida de calles más concurridas y grupos de jóvenes numerosos pertenece ya al pasado. Sin embargo, Felicidad ha encontrado una forma sencilla de mantener viva la vida social.

Además, Felicidad cada tarde tiene una cita que no suele perdonar: las cartas. "Jugamos la partida todas las tardes", explica. La rutina puede parecer sencilla, pero en un pueblo donde las opciones de ocio son escasas, sentarse alrededor de una mesa, tomar «un cafetito o un bollo» y compartir unas horas de conversación se convierte en mucho más que un entretenimiento.

Rosa llegó desde Barcelona y decidió quedarse

Entre todos los testimonios, el de Rosa Castañeda aporta una perspectiva especialmente interesante. Rosa no nació en Malpartida. Su origen está en Barcelona y llegó al municipio hace casi siete años, después de enviudar. Allí decidió regresar al pueblo natal de su marido y comenzar una nueva vida.

El contraste no podía ser mayor, de una gran ciudad como Barcelona a un pequeño municipio salmantino donde durante el invierno apenas unas decenas de personas mantienen abiertas sus casas. Sin embargo, Rosa no lo contempla como una renuncia, sino todo lo contrario.

"Me podía haber ido a Barcelona, que soy de allí, y aquí me he quedado", explica. Y cuando se le pregunta por la diferencia entre ambos lugares, su respuesta resulta contundente: "La calidad de vida no se puede comparar". "No nos falta de nada, dentro de lo que cabe".

Fotografía de portada | Wikipedia

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