
Este rastro es un punto de atracción para los amantes de las antigüedades y las piezas retro y vintage
Las antigüedades llevan un tiempo ganando terreno en la decoración. Frente a los interiores minimalistas y demasiado nuevos e iguales, una pieza con historia puede marcar la diferencia. Un espejo con el marco desconchado, una lámpara de latón que perteneció a otra casa o una silla que acumula décadas son objetos que no tienen réplica exacta y que, bien colocados, convierten cualquier rincón en algo que parece pensado de verdad. Tendencias como el desorden intencional demuestran que decorar con antigüedades y piezas vintage va a más.
El problema es que encontrarlos no siempre es fácil, ni barato. Las tiendas de antigüedades de capitales como Madrid o Barcelona tienen sus precios, y las plataformas de segunda mano exigen paciencia y suerte. Y ahí, los mercadillos son una forma de encontrar piezas a buen precio, además de permitirnos pasar una mañana diferente al aire libre.
El rastro de Coín
Si vives en Málaga, o si estás haciendo una escapada por esta provincia andaluza, hay citas que son imprescindibles para lo amantes de las piezas con historia. Además del rastro de Fuengirola, hay otro mercadillo que merece la pena conocer: se trata del rastro de Coín, conocido también como Rastrillo La Trocha.
Este rastro se celebra todos los domingos del año de 9:00 a 14:00 horas, y se instala en el aparcamiento del Centro Comercial La Trocha, en la carretera de Cártama. Es un rastro de los de toda la vida: muebles con pátina, marcos, vinilos, cacharros, libros, herramientas, cuadros y objetos decorativos de procedencia variada, entre otros muchos artículos.
Lo que hace especial a este mercadillo, más allá de lo que se puede encontrar, es el lugar donde se celebra. Coín es un pueblo del Valle del Guadalhorce, a unos 35 kilómetros de Málaga capital, que conserva algo que cuesta cada vez más encontrar en la provincia: autenticidad.
El casco histórico, la plaza Alameda con su fuente centenaria, la Torre de los Trinitarios, la tradición alfarera y una gastronomía de huerta hacen que este pueblo que todavía conserve el sabor de siempre.
Combinar la mañana en el rastro con un paseo por el casco antiguo es un plan redondo. Y si queda tiempo y ganas, los alrededores del Barranco Blanco —un paraje natural con cascadas y pozas a pocos minutos del pueblo— justifican quedarse hasta la tarde.
Fotografías | Freepik, Rastro La Trocha
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