Durante décadas, las familias españolas compraban muebles de calidad pensados para durar toda la vida
No hace tantas décadas, las casas españolas tenían una serie de muebles que se repetían sin solución de continuidad. Con matices y variaciones, pero los muebles, la distribución e incluso los objetos decorativos seguían un patrón reconocible que se repetía casa tras casa, como si existiera un canon doméstico compartido.
Aquellos interiores hablaban de continuidad y de arraigo. Eran espacios pensados para perdurar, donde cada pieza parecía destinada a ocupar el mismo lugar durante años. Se compraban muebles de calidad que duraran toda la vida. Pero en apenas una o dos generaciones, ese paisaje cotidiano ha cambiado por completo.
Las viviendas son más pequeñas, nos mudamos con más frecuencia y el mobiliario pesado o pensado para durar toda la vida ha ido dejando paso a soluciones ligeras y flexibles, ya que ahora nos cansamos enseguida de todo y necesitamos renovar nuestras casas con frecuencia. Al final, esos cambios no solo responden a una solución estética: también reflejan una manera distinta de vivir y de relacionarnos con nuestras casas.
El gran mueble de salón con vitrinas, símbolo de toda una época
Durante décadas, el protagonista indiscutible del salón fue aquel gran mueble de madera que ocupaba una pared entera, con vitrinas, baldas, cajones, hueco para la televisión e incluso minibar en algunos modelos. En él convivían libros, enciclopedias, recuerdos familiares o la vajilla reservada para las ocasiones especiales, convirtiéndose en el auténtico centro de la vida doméstica.
Hoy ese tipo de pieza prácticamente ha desaparecido. El crecimiento del tamaño de los televisores, la reducción del espacio en las viviendas y un estilo de vida más móvil han hecho que estos muebles tan pesados visualmente resulten poco prácticos, además de alejados de la estética ligera que domina la decoración actual.
La mesa camilla, el corazón cálido de la casa
Otro elemento inseparable de muchos hogares era la mesa camilla. Se trataba de una mesa cubierta con tapetes de ganchillo y telas que llegaban casi hasta el suelo. Más que un simple mueble, funcionaba como punto de reunión para comer, jugar a las cartas o ver la televisión en familia. Podía estar acompañada de sillas, o incluso de un par de sillones.
Y en los pueblos, era habitual colocar un brasero para calentar el ambiente en invierno. Su desaparición progresiva tiene mucho que ver con la generalización de la calefacción y con nuevos hábitos de vida que ya no giran tanto en torno a un único espacio compartido durante horas.
Máquinas de coser con mueble propio: cuando todo se guardaba
En muchas casas también había una máquina de coser integrada en un pequeño mueble que, al cerrarse, parecía un armario más. Estas máquinas domésticas permitían coser prendas y realizar arreglos de forma rápida, mucho más eficiente que la costura manual, lo que las convirtió en una herramienta habitual en el hogar durante décadas.
Cuando eran necesarias, la máquina oculta en el interior se elevaba tras abrir una especie de trampilla, y se abría la puerta para accionar con el pie el pedal que hacía funcionar la máquina. Con la popularización de la ropa asequible y la pérdida de la costumbre de coser en casa, estos muebles fueron quedando relegados a un recuerdo familiar.
Tocadores, cómodas y otros muebles pensados para quedarse
Junto a estas piezas emblemáticas convivían otros muebles hoy menos habituales, como tocadores o grandes cómodas destinadas a guardar ropa y objetos personales. La cómoda, por ejemplo, surgió en Europa como evolución del arcón tradicional al que se añadieron cajones y patas, convirtiéndose en un elemento clave del mobiliario doméstico desde el siglo XVII.
Eran muebles robustos, pensados para durar muchos años y acompañar a varias generaciones, algo que contrasta con el momento actual de interiores más cambiantes.
Sofás grandes, estampados y sin miedo al exceso
El salón de hace unas cuantas décadas tampoco se entendía sin un sofá grande capaz de acoger a parte de la familia, más numerosa que en la España actual. Aquellos sofás eran voluminosos, de asientos anchos, respaldos altos y tapizados en colores vivos o estampados llamativos.
Ocupaban gran parte de la estancia y buscaban ante todo comodidad y presencia visual, en una época en la que los neutros todavía no dominaban la decoración. Frente a ellos, hoy triunfan diseños más ligeros, modulares y fáciles de adaptar a espacios reducidos.
Mesas extensibles
En muchos comedores españoles había mesas de madera similares a estas. Estas mesas contaban con dos pedestales decorativos a modo de piñas o florones, que sostenían las patas.
Estas mesas eran extensibles, ya fuera por los extremos, o porque se abrían con un sistema de bisagras como si fueran un libro, con el fin de duplicar su superficie y acomodar a más comensales. Además, en algunos casos, tenían un diseño rectangular que permitía pegarlas a la pared cuando no se utilizaban, para ahorrar así espacio en casa.
Una mecedora desde la que ver pasar el tiempo
La mecedora era casi un símbolo de cualquier hogar de décadas pasadas. Se encontraba en salones, porches y hasta en habitaciones, ofreciendo un rincón cómodo para leer, coser o simplemente dejar que el tiempo pasara lentamente.
Su vaivén, casi hipnótico, tenía algo de ritual diario: los padres o abuelos se sentaban a mecerse mientras conversaban, escuchaban la radio o vigilaban a los más pequeños. Era un mueble que invitaba a la pausa y a la contemplación, algo que hoy, con la vida tan acelerada, resulta cada vez más raro.
Fotografías | Freepik, Wallapop
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