Antes del aire acondicionado, las casas utilizaban esta técnica para mantenerse frescas. Todavía puede funcionar

Sistema para refrigerar las casas

Durante siglos, mantener la casa fresca durante los meses más calurosos fue cuestión de aprovechar al máximo los recursos disponibles. Antes de que los aparatos de climatización formasen parte de la vida cotidiana refrescando las casas y echando calor al exterior, las viviendas se adaptaban a las temperaturas con pequeños cambios en la distribución, la ventilación y también en la decoración. La propia arquitectura, las persianas, los toldos o la manera de abrir y cerrar las ventanas ayudaban a combatir el calor sin necesidad de recurrir a la electricidad.

Los textiles de la casa también tenían mucho que decir en este cambio de estación. Al igual que hoy guardamos mantas, edredones y tejidos gruesos cuando llega el buen tiempo, antiguamente era habitual sustituir algunos elementos del hogar por otros más ligeros y frescos. Una costumbre sencilla que, además de resultar práctica, contribuía a cambiar por completo la sensación que transmitían las habitaciones durante el verano.

En los hogares franceses, esta adaptación de la casa a las altas temperaturas llegó incluso al suelo. Durante buena parte del siglo XX, con la llegada del verano se apartaban las alfombras de invierno, generalmente más densas y pesadas, para dejar paso a revestimientos mucho más frescos y ligeros. Era una forma sencilla de modificar el ambiente de las estancias sin necesidad de grandes cambios.

Las esteras de fibras naturales encajaban especialmente bien en esta función. El junco, el yute o el algodón permitían seguir vistiendo los suelos y aportando cierta calidez decorativa, pero sin crear esa sensación envolvente de los tejidos gruesos propios de los meses fríos. Con el tiempo se incorporaron también nuevas fibras vegetales, manteniendo la misma idea: aligerar la casa cuando subían las temperaturas.

Una solución que también llegó a las paredes

El uso de las esteras como recurso para hacer más llevadero el calor no es, en realidad, una costumbre reciente. En Francia existe una larga tradición vinculada a estos tejidos vegetales, que durante siglos formaron parte de la vida cotidiana y de la propia arquitectura doméstica. Un estudio publicado en Bulletin Monumental y disponible en el portal académico Persée, recoge precisamente el empleo de esteras de junco en el interior de las viviendas francesas, donde no se limitaban al suelo, sino que también podían utilizarse para revestir las paredes.

La elección de estos materiales tenía una doble vertiente, práctica y decorativa. Las fibras vegetales permitían crear superficies ligeras y relativamente fáciles de colocar, al tiempo que protegían determinadas zonas de la vivienda y aportaban una textura característica. Una solución sencilla que, mucho antes de que las esteras se asociaran a determinados estilos decorativos, ya demostraba que los materiales naturales podían tener un papel importante a la hora de adaptar la casa a las condiciones de cada estación. 

Conviene, eso sí, no atribuir a las esteras propiedades que no tienen. Una alfombra de fibras naturales no va a bajar los grados de una habitación ni puede sustituir a un ventilador o a un sistema de climatización. Su efecto es mucho más sencillo, pero también interesante: modifica cómo percibimos el espacio y cómo entramos en contacto con el suelo.

En verano, materiales como el yute, el junco o determinadas fibras vegetales aportan una textura visual y táctil más ligera que los tejidos gruesos propios del invierno. Además, cuando se colocan sobre determinados pavimentos, permiten mantener parte de la sensación de frescor que proporciona un suelo de piedra, barro o cerámica, en lugar de cubrirlo por completo con una alfombra densa.

Por eso, más que hablar de las esteras como un método para enfriar la casa, tiene más sentido entenderlas como un recurso para hacer que el interior resulte visual y sensorialmente más ligero durante los meses de calor.

Dejar que el suelo haga su trabajo

Hay un detalle de las casas de verano que puede pasar desapercibido: el propio suelo puede convertirse en un aliado frente al calor. Materiales como la piedra, la cerámica o algunos pavimentos de barro tienen una elevada inercia térmica, por lo que son capaces de mantenerse frescos durante bastantes horas, especialmente cuando la vivienda permanece protegida del sol directo y se ventila en los momentos adecuados.

En invierno, cubrir estos suelos con alfombras gruesas ayuda a crear una sensación más confortable y evita el contacto con superficies frías. Pero durante los meses de calor ocurre justo lo contrario. Si el objetivo es conseguir interiores más frescos y ligeros, llenar el pavimento de textiles densos significa tapar precisamente una de las superficies que puede proporcionar esa agradable sensación de frescor.

El protagonista no es la estera: es el material del suelo

La función de estas esteras es bastante más sencilla de lo que puede parecer. El frescor procede fundamentalmente del propio pavimento, no de la fibra vegetal que se coloca encima. Los suelos de piedra, barro o cerámica pueden conservar una temperatura más baja que el ambiente durante buena parte del día cuando la casa está bien protegida del sol, aunque esa sensación puede cambiar a medida que el pavimento acumula calor.

En ese contexto, una estera fina de junco, bambú, yute o algodón actúa sobre todo como una superficie intermedia entre nuestros pies y el suelo. Permite vestir la estancia y hacer más agradable el contacto con el pavimento sin recurrir a una alfombra gruesa que lo cubra por completo. Es, por tanto, una solución más relacionada con el confort que con la capacidad de enfriar la habitación.

A esto se suma otra característica de muchas fibras naturales: su capacidad para gestionar parte de la humedad ambiental. Algunos de estos materiales pueden absorber cierta cantidad de vapor de agua cuando el ambiente está húmedo y liberarlo posteriormente cuando las condiciones son más secas. Su estructura también favorece la circulación del aire, una cualidad que explica por qué este tipo de revestimientos se ha utilizado tradicionalmente tanto dentro como fuera de las viviendas.

De hecho, Le Journal des Femmes recupera precisamente esta tradición y señala las propiedades transpirables de las alfombras de fibras naturales. Más que un sustituto de la climatización, estamos ante una forma sencilla de adaptar los textiles de la casa al verano, utilizando materiales ligeros que acompañan mejor a la sensación de frescor propia de determinados pavimentos.

Adiós a los textiles pesados

Más allá de la tradición, hay una costumbre que sigue teniendo todo el sentido cuando llega el verano: guardar las alfombras más pesadas. Las de lana, pelo largo o tejidos especialmente densos aportan confort durante los meses fríos, pero pueden hacer que una estancia resulte visualmente más cargada y cálida cuando las temperaturas suben.

No hace falta renunciar por completo a vestir los suelos. Las esteras y alfombras finas de fibras naturales son una alternativa mucho más ligera para esta época del año, especialmente en aquellas habitaciones donde se quiere mantener una superficie textil sin ocultar por completo las características del pavimento. Un cambio pequeño, pero suficiente para que la casa adopte ese aspecto más despejado y fresco que asociamos al verano.

El yute, el sisal y el junco encajan especialmente bien con esta idea de aligerar la casa cuando llega el buen tiempo. Son materiales que, además de resultar resistentes, tienen una presencia mucho más natural y desenfadada que las alfombras gruesas de invierno. Sus tramas y pequeñas irregularidades aportan textura al suelo sin recargarlo, algo que ayuda a conseguir interiores con una apariencia más fresca.

También tienen una ventaja desde el punto de vista decorativo: permiten mantener el suelo vestido sin que la estancia pierda ese aire veraniego. Combinan fácilmente con madera, piedra, cerámica o barro y funcionan tanto en ambientes de inspiración mediterránea como en espacios más contemporáneos. Una manera sencilla de cambiar la casa de estación sin necesidad de hacer grandes transformaciones.

Fotografías | Fotos | José Antonio Otegui Auzmendi, Magnific

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