Eliminar polvo y aportar humedad controlada ayuda a que las plantas respiren mejor y aprovechen la luz
Las hojas son la parte más visible de una planta, pero también una de las más olvidadas. Con el tiempo acumulan polvo, restos de cal, grasa ambiental e incluso suciedad que no vemos a simple vista y que no está previsto por naturaleza que sea así.
Todo esto reduce su capacidad para hacer la fotosíntesis, altera su brillo natural y favorece la aparición de plagas. Por eso los expertos en jardinería recomiendan limpiar e hidratar las hojas de forma regular, especialmente en interiores, donde no hay corrientes de aire que las desempolven de forma habitual.
Más transpiración
Este gesto sencillo cambia por completo el aspecto y la salud de una planta. Una hoja limpia recibe más luz, transpira mejor y evita el entorno perfecto para ácaros y cochinillas, dos enemigos frecuentes en ambientes secos y cálidos típicos de invierno.
Desempolvar
El primer paso consiste en retirar el polvo. No hace falta usar productos: basta con un paño suave ligeramente humedecido o una esponja blanda. La humedad ayuda a atrapar las partículas sin arañar la superficie. Para plantas con hojas grandes, como monstera, ficus o pothos gigante, este proceso se nota de inmediato: la hoja recupera su color y su brillo natural, oculto bajo el polvo.
Para hojas más delicadas, como calatheas, marantas o helechos, se recomienda usar un spray de agua tibia y dejar que las gotas arrastren el polvo hacia el borde de la planta. Pasar un paño en estas especies puede dañarlas, ya que sus hojas son más sensibles.
Ducha en el fregadero
El segundo paso es la hidratación. Aunque muchas personas pulverizan agua directamente sobre las hojas, este gesto no siempre es adecuado: algunas plantas pueden desarrollar hongos si la humedad se mantiene en la superficie. En cambio, se recomienda pulverizar muy ligeramente o usar duchas suaves en el fregadero o la bañera, dejando que el agua caiga como una lluvia fina.
Otra técnica muy recomendada es limpiar las hojas con una mezcla de agua y unas gotas de jabón potásico, un producto suave que además previene plagas. Se aplica con un paño limpio, siempre evitando mojar en exceso el sustrato.
También existen productos específicos para hidratar hojas, pero muchos profesionales advierten que los abrillantadores pueden obstruir los poros naturales de la planta. Dan brillo inmediato, sí, pero a largo plazo pueden dificultar la respiración foliar. Para uso doméstico, agua tibia y un paño suave siguen siendo la combinación más segura.
En plantas de hoja gruesa, como sansevierias o zamioculcas, la hidratación es aún más sencilla: basta con limpiar una vez al mes para mantenerlas en buen estado. Estas especies acumulan agua en sus tejidos y no necesitan un aporte extra de humedad ambiental tan elevado como otras.
Inspección ocular
La limpieza de hojas también es un buen momento para revisar señales de alerta: puntitos, manchas amarillas, telarañas finas o zonas pegajosas pueden indicar plagas tempranas. Detectarlas en invierno permite actuar antes de que se disparen en primavera.
Por último, pero no menos importante, la hidratación ambiental es clave. Agrupar plantas, usar bandejas con guijarros y agua (sin que la maceta toque el agua) o colocar humidificadores cerca ayuda a que las hojas se mantengan flexibles y sanas durante todo el año.
Con unos minutos cada dos o tres semanas, las hojas recuperan su brillo, respiran mejor y permiten que la planta crezca con más fuerza. Limpiar e hidratar no es un gesto estético (aunque también), sino una parte fundamental del cuidado vegetal.
Fotos | Pexels
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