
Distintos estudios afirman que acariciar a un gato contribuye a nuestro bienestar, siempre que el animal sea el que viene a buscarnos
El hecho de acariciar a un gato si lo tenemos al lado es un gesto irrefrenable para muchos. En cuanto salta al sofá, somos incapaces de no pasar la mano despacio sobre su lomo, o acariciamos con delicadeza su cabeza. Es gesto tan natural y tan repetido en miles de hogares, ha empezado a interesar a la psicología por razones que van más allá del cariño.
De hecho, hay estudios recientes que ponen cifras a lo que muchos dueños ya sospechaban: acariciar a un gato nos hacen sentir bien, y modifica, de forma medible, la química del cuerpo. Y sobre todo, si es el gato el que se acerca a nosotros para recibir esos mimos.
Lo que ocurre en el cuerpo cuando se acaricia a un gato
Un estudio publicado en febrero de 2025 en Applied Animal Behaviour Science sometió a un grupo de dueños y sus gatos a sesiones de 15 minutos de contacto relajado: caricias, abrazos, ratos de sostener al animal en brazos. Los niveles de oxitocina subieron en ambas partes, aunque con matices. Cuando el gato iniciaba el contacto por su cuenta —subiéndose encima, frotándose contra la mano— el aumento era mayor. Cuando la interacción se forzaba, el efecto se anulaba o incluso se invertía.
El cortisol sigue un camino parecido. La psicóloga Patricia Pendry, de la Universidad Estatal de Washington, lo comprobó con estudiantes universitarios sometidos a diez minutos de contacto directo con gatos y perros. "Los estudiantes de nuestro estudio que interactuaron con gatos y perros tuvieron una reducción significativa del cortisol, una de las principales hormonas del estrés", explicó Pendry en la investigación publicada por la Universidad Estatal de Washington. Diez minutos, insiste, ya son suficientes para que el cuerpo lo note.
Quién es, según la psicología, el que no puede dejar de acariciar gatos
La parte hormonal explica el efecto inmediato. Pero hay psicólogos que llevan tiempo estudiando el perfil de quien busca ese contacto de forma constante, casi como una costumbre diaria. La psicóloga Verónica West lo relaciona con el tipo de vínculo que esa persona necesita, más que con el animal en sí, tal y como explicó al diario
"Las personas a las que les gustan los gatos aprecian su espacio personal por encima de lo que lo hacen otras personas. Además, valoran más aquellas relaciones que no requieren de una atención constante", explica la experta. Además, señala que este perfil se maneja mejor con interacciones de baja intensidad y necesita menos validación externa que otras personas.
Encaja con algo que se repite en distintos análisis: mayor sensibilidad emocional, más facilidad para leer silencios y estados de ánimo ajenos, y una forma de vincularse que se apoya en la confianza antes que en la exigencia. El gato no da su afecto de entrada, hay que ganárselo. Y probablemente por eso quien lo consigue lo valora de otra manera.
Para mucha gente, el rato de acariciar al gato en el sofá no es solo cariño. Es, según lo que va confirmando la ciencia, una pausa fisiológica real: baja el cortisol, sube la oxitocina, y durante unos minutos el cuerpo actúa como si estuviera a salvo de todo lo demás. Puede que sea justo por eso por lo que cuesta tanto levantarse del sofá cuando el gato, al final, se ha quedado dormido encima.
Qué tipo de personas suelen buscar más el contacto con los gatos
No existe un único perfil detrás de alguien que disfruta especialmente acariciando a un gato. Sin embargo, la psicología sí ha estudiado algunos rasgos que pueden aparecer con más frecuencia entre las personas que sienten una conexión especial con estos animales.
Una de las características que más encaja con este comportamiento es la sensibilidad emocional. Quien convive con un gato aprende rápidamente a interpretar señales que pueden pasar desapercibidas para otras personas: un cambio en la mirada, la posición de las orejas, la forma de moverse por la casa o incluso ese momento en el que decide acercarse. Esa atención a los pequeños detalles también puede trasladarse a la manera de relacionarse con otras personas.
También hay quienes encuentran en las caricias una forma sencilla de desconectar. Sentarse un rato con el gato, acariciarlo mientras ronronea y concentrarse en ese contacto puede convertirse en una pequeña pausa dentro de la rutina. No hace falta convertirlo en una sesión de relajación: para muchas personas, esos minutos de contacto son simplemente una manera agradable de bajar el ritmo después de un día intenso.
El carácter independiente de los gatos también puede explicar parte de esta conexión. A diferencia de otros animales, no suelen reclamar atención de manera constante y tampoco están siempre disponibles para el contacto. Precisamente por eso, algunas personas pueden sentirse más cómodas con un vínculo en el que hay compañía, pero también espacio para que cada uno vaya a lo suyo.
Acariciar a un gato requiere, además, aprender a leer sus límites. Hay momentos en los que acepta las caricias y otros en los que prefiere mantenerse a cierta distancia. Respetar esos tiempos obliga a observar y tener paciencia. Por eso, este tipo de convivencia puede resultar especialmente gratificante para personas que disfrutan de relaciones menos inmediatas y que prefieren entender primero al otro antes de invadir su espacio.
En algunos casos, detrás de esa búsqueda de contacto puede estar también el deseo de establecer un vínculo sin demasiadas exigencias. El gato no necesita que se esté hablando con él continuamente ni que se le preste atención a todas horas. La relación se construye de otra manera, a través de pequeños momentos de proximidad que aparecen cuando ambos están cómodos.
Y está, por último, la dimensión más emocional de esa compañía. En un día complicado, cuando aparece el cansancio o simplemente cuando apetece estar tranquilo, tener cerca a un gato puede proporcionar una sensación de compañía sin necesidad de conversación. Para algunas personas, ese contacto cotidiano termina convirtiéndose en una especie de refugio dentro de la propia casa.
La psicología también advierte que acariciar a un gato de manera habitual no basta para definir cómo es una persona. Este tipo de conducta, eso sí, puede dar algunas pistas sobre su manera de gestionar las emociones y sobre las relaciones en las que encuentra mayor comodidad.
Y es precisamente ahí donde la relación con los gatos tiene algo particular. Su afecto no suele estar disponible a demanda. La confianza se gana poco a poco, respetando sus tiempos y aprendiendo a interpretar cuándo quieren acercarse y cuándo prefieren mantener las distancias.
De ahí que para algunas personas ese momento de sentarse junto a un gato y acariciarlo vaya mucho más allá de una simple muestra de afecto. Puede convertirse en una rutina que aporta tranquilidad y en una forma de sentirse acompañado sin necesidad de llenar el silencio.
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