Paula Nuévalos (27 años), agricultora: "A ti no te encanta el pueblo. A ti te encanta el pueblo en vacaciones que es cuando está la piscina abierta y vas al bar"

Vida en el pueblo

Una joven valenciana que dejó su trabajo de ingeniera para seguir con la explotación agrícola familiar, explica la diferencia entre pasar unos días de vacaciones en un pueblo y vivir en él durante todo el año

Hay una imagen de cientos de pueblos del interior peninsular que aparece cada verano con una precisión casi matemática: de repente, cuando llega el final de junio, se levantan las persianas después de mesas cerradas, el bar de la piscina reabre, y los niños vuelven a correr por las calles, mientras las casas vuelven a recuperar la vida que tuvieron en décadas pasadas. Para muchos, es la estampa perfecta de las vacaciones.

Pero cuando agosto termina y los coches comienzan a abandonar las calles para volver a las ciudades, la realidad cambia. Las piscinas cierran, algunos bares bajan la persiana y las casas vuelven a quedarse vacías hasta el siguiente verano. Y precisamente sobre esa diferencia entre disfrutar de un pueblo durante unos días y vivir en él durante todo el año ha reflexionado Paula Nuévalos, una agricultora de 27 años que se ha hecho conocida en redes sociales como @agropauli.

Te encanta el pueblo en verano

Paula Nuévalos estudió ingeniería mecánica y durante unos años trabajó en Valencia. Sin embargo, decidió regresar a su entorno familiar para hacerse cargo de la explotación agrícola y de los viñedos de su familia. Desde entonces comparte en redes sociales su día a día en el campo, desde el trabajo con el tractor hasta las tareas propias de una explotación agrícola.

En uno de sus vídeos de TikTok quiso poner sobre la mesa una situación que conoce de primera mano: la diferencia entre visitar un pueblo durante las vacaciones y vivir allí cuando el verano ya ha terminado. Su reflexión comenzaba precisamente con una frase que probablemente muchos hemos pronunciado alguna vez: "Me encanta el pueblo".

La respuesta de Paula fue bastante más directa: "No, cariño, a ti no te encanta el pueblo. A ti te encanta el pueblo en verano, que es cuando la piscina está abierta, cuando vas al bar, cuando te tomas ahí tus vacaciones, lo que te gusta es estar de vacaciones".

Y ahí está la cuestión. Esta agricultora no está hablando de quien disfruta de unos días de descanso en un entorno rural, sino de la diferencia entre esa experiencia puntual y la vida cotidiana de quienes permanecen allí cuando ya no quedan veraneantes.

Una casa llena en agosto y cerrada en invierno

La reflexión también puede trasladarse directamente a muchas casas de pueblo. Viviendas que durante unas semanas recuperan las comidas familiares y las sobremesas en la terraza, pero que después permanecen cerradas durante meses.

En verano, además, el pueblo ofrece buena parte de aquello que se busca en unas vacaciones: tranquilidad, espacio, contacto con la naturaleza y una vida más pausada. A ello se suma que durante esas semanas regresan familiares y antiguos vecinos, abren los negocios y aumentan las actividades sociales.

El problema, apunta Paula, aparece cuando llega el invierno. "A ti no te gusta aburrirte en invierno, que no haya actividades sociales, que no haya tanta gente", explica en el vídeo. Su conclusión es que quizá lo que muchas personas identifican como "amor por el pueblo" tiene más que ver con disfrutar durante unas semanas de un entorno tranquilo y coincidir allí con otras personas que también están de vacaciones, y a las que a lo mejor solo ves durante el verano. 

Paula conoce precisamente esa otra cara porque no ha regresado al pueblo para pasar unas semanas de vacaciones. Su vuelta ha supuesto recuperar una actividad agrícola y una forma de vida que se desarrolla durante todo el año. Ella misma explica que no se va a aburrir durante el invierno y cuestiona que se confunda la vida rural con el ambiente que se crea en los pueblos cuando llegan los veraneantes.

El pueblo que vemos en verano no es el mismo que en enero

Quizá ahí esté la parte más interesante de su reflexión. El pueblo de agosto y el pueblo de enero pueden compartir las mismas calles, las mismas casas y las mismas plazas, pero la experiencia de vivirlos es completamente diferente.

En verano, cuando además coincide que se celebran las fiestas patronales en muchos pueblos, y muchos antiguos habitantes, o descendientes de ellos, regresan por unos días o por unas semanas, las calles se llenan de vida. Se abren las ventanas, se sacan las mesas al exterior y los patios y jardines recuperan protagonismo. En invierno, esas mismas viviendas pueden permanecer cerradas durante semanas o incluso durante meses.

De esta manera, la estampa veraniega es solo una parte de la historia. Y eso es precisamente lo que Paula pone sobre la mesa desde su experiencia como joven que decidió abandonar su trabajo como ingeniera mecánica para regresar al campo y hacerse cargo de la actividad familiar.

Su vídeo ha generado debate porque toca una contradicción bastante reconocible: nos gusta la tranquilidad del pueblo, pero también necesitamos que haya gente, bares abiertos, actividades y cierta vida alrededor. Cuando todo eso desaparece al terminar el verano, es cuando se descubre si lo que buscábamos era realmente la vida rural o simplemente unas vacaciones tranquilas lejos de la ciudad.

Fotografías | @agropauli, bearfotos

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