
Su secreto parece estar en mantener una vida activa, disciplinada y estrechamente vinculada a aquello que siempre le ha apasionado
Hay arquitectos que dejan una huella en una época y otros que, sencillamente, consiguen convertirse en parte de la historia de la arquitectura contemporánea. Norman Foster pertenece a esta última categoría. A sus 91 años, el arquitecto británico continúa involucrado en proyectos internacionales y conserva una agenda que poco tiene que ver con la imagen tradicional de la jubilación.
Su relación con España es, además, especialmente estrecha. Madrid alberga la sede internacional de la Norman Foster Foundation, instalada en un palacete de la calle Monte Esquinza, desde donde se desarrollan iniciativas relacionadas con la arquitectura, el diseño, la investigación y la formación.
En una entrevista con Barcelona Architecture Walks, Foster explicó algunos de los hábitos que le permiten mantener el ritmo de una vida marcada por los viajes y el trabajo. Y entre sus declaraciones hay una que resume bastante bien su peculiar relación con el tiempo: "Duermo poco, aprovecho a hacerlo en los aviones, pero solo si es de noche, nunca de día. Y tengo la suerte de que mi cuerpo se adapta a la hora del sitio al que llego".
Pero si hay una imagen que desmonta cualquier idea preconcebida sobre la edad del arquitecto es la de Foster sobre una bicicleta. Antes de aquella entrevista, recorrió más de 50 kilómetros por la Casa de Campo de Madrid, una de las rutas que forman parte de su rutina deportiva.
Una vida diseñada alrededor de la curiosidad
Nacido en Mánchester en 1935, Foster procede de una familia de origen trabajador y comenzó a trabajar siendo todavía adolescente. Antes de convertirse en uno de los nombres fundamentales de la arquitectura internacional pasó por la tesorería municipal de su ciudad y realizó el servicio militar en la Royal Air Force, experiencia que contribuyó a alimentar su fascinación por los aviones.
Su formación arquitectónica llegaría posteriormente, en la Universidad de Mánchester. Y en 1967 creó Foster Associates, germen del actual Foster + Partners, estudio desde el que desarrollaría una arquitectura reconocible por la combinación de tecnología, ingeniería, estructura y grandes espacios públicos.
El resultado puede encontrarse en edificios y grandes infraestructuras repartidos por todo el planeta. Desde la transformación del Reichstag berlinés hasta el viaducto de Millau, pasando por algunas de sus grandes obras en Asia y Europa, su trayectoria ha estado marcada por una arquitectura en la que la estructura no se oculta, sino que adquiere protagonismo.
La arquitectura como forma de entender el mundo
La carrera de Foster ha estado ligada al movimiento conocido como High-Tech, aunque su obra ha evolucionado mucho más allá de una etiqueta estilística. En sus proyectos conviven grandes estructuras de acero y vidrio, soluciones de ingeniería avanzada, preocupación por la eficiencia y una especial atención a la relación entre los edificios y el espacio urbano.
Esa manera de trabajar también ayuda a entender su particular forma de vivir. Para Foster, la actividad profesional parece formar parte de una rutina mucho más amplia en la que el movimiento, el aprendizaje y la curiosidad tienen un papel central.
A lo largo de los años ha mantenido una relación especialmente intensa con la bicicleta. Las largas rutas forman parte de su actividad habitual y se han convertido casi en una extensión de su manera de desplazarse y descubrir los lugares que visita.
El invierno tampoco supone una pausa. El esquí de fondo ocupa un lugar destacado entre sus actividades deportivas y Foster ha participado en la Engadin Skimarathon, una prueba suiza de 42 kilómetros que reúne cada año a miles de aficionados.
Volar para desconectar
Hay otra pasión que acompaña a Foster desde hace décadas: la aviación. Su interés por los aviones comenzó durante su juventud y terminó convirtiéndose en una parte importante de su vida personal.
Piloto de avión, helicóptero y planeador, Foster ha encontrado en el vuelo una actividad que combina precisión, concentración y libertad. En cierto modo, existe un paralelismo evidente entre esa afición y su arquitectura: en ambos casos, la tecnología está al servicio de una experiencia espacial.
Los viajes son, además, inseparables de su trabajo. Foster continúa desplazándose con frecuencia entre ciudades y continentes para visitar proyectos, participar en encuentros profesionales y seguir de cerca la evolución de su estudio.
Madrid, un vínculo personal y profesional
La relación de Foster con España tiene también una dimensión personal. Está casado con la historiadora del arte y coleccionista Elena Ochoa, con quien comparte dos hijos. Su vínculo con el país se ha reforzado a lo largo de los años hasta convertir Madrid en uno de los lugares importantes de su vida.
La presencia de la Norman Foster Foundation en la capital española consolida además esa conexión. Desde allí se impulsan iniciativas destinadas a acercar la arquitectura, el diseño y el pensamiento contemporáneo a nuevas generaciones.
Fotografía de portada | El Futuro Es Apasionante de Vodafone
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