Del minimalismo perfecto a la estética del desgaste: cada vez más casas imitan grietas, manchas y paredes envejecidas para parecer más auténticas
Durante años el interiorismo persiguió una idea obsesiva: que todo pareciera nuevo, recién estrendo. Paredes perfectas, cocinas impolutas y superficies tan limpias que parecían sacadas de un catálogo. Hoy, sin embargo, el péndulo ha girado de forma inesperada, quedándose anclado en el lado contrario.
En algunas casas de diseño, empiezan a aparecer paredes con aspecto desgastado, pintura desconchada e incluso manchas que imitan humedades, hijas todas ellas de la búsqueda de una identidad y un estilo que ahora es esclava de las texturas y de la autenticidad, repudiando aquella imagen de catálogo tan venerada en el pasado.
Problemas imaginarios
Ciertamente, estas paredes desgastadas no responden a un problema real de la vivienda, sino de una estética buscada deliberadamente entre aquellos que no tienen problemas ni de humedades ni de grietas y que, de tenerlos, podrían remediarlos instantáneamente a golpe de cartera. Estamos en un mundo tan paradójico que algunas reformas domésticas consisten precisamente en recrear ese aspecto envejecido que antes habría sido motivo de obra urgente.
El objetivo: que la casa parezca tener historia, raíces, pasado, algo genuino que contarnos. Quizás es la huida en sentido contrario de fenómenos preciosistas como Ikea o Sklum, donde todo parece anodino y sin historia.
Eso mismo es lo que hizo una mujer argentina el pasado verano, haciéndose viral por darle a las paredes de su piso de alquiler una pátina de historia y solera que no habrían tenido de otro modo.
Reformar y destruir
Esta tendencia empezó a circular con fuerza en redes sociales, donde varios vídeos mostraban a jóvenes reformando paredes para que parecieran deterioradas por el paso del tiempo. En algunos casos el proceso incluye aplicar varias capas de pintura para luego rasgarlas con espátulas, lijar zonas concretas o incluso dejar visible el yeso original.
El resultado es lo que ya se ha bautizado como trash wall, una pared que imita el desgaste natural de la humedad o de antiguas capas de pintura. Una pared como medio destartalada. Para algunos es una forma de crear espacios con personalidad; para otros, una moda que roza lo absurdo.
Ahora bien, todos estos creadores de espacios tampoco se han inventado la sopa de ajo, ya que no es la primera vez que el diseño recupera imperfecciones y proclama la belleza de la materialidad, como ya hizo el artista Antoni Tàpies. Durante años han ganado popularidad estilos que reivindican materiales crudos y acabados poco pulidos: paredes con yeso visto, madera sin tratar o cerámica irregular. La idea detrás de todo esto es que las casas no parezcan recién construidas, sino vividas.
Apropiarse del pasado
En restaurantes y bares esta estética lleva tiempo utilizándose: locales que aparentan décadas de historia utilizan pinturas envejecidas, ladrillos vistos o paredes con textura irregular para crear ambientes con carácter y no ser un espacio más de las franquicias que nos vende el turismo. Ese efecto transmite la sensación de que el lugar tiene pasado, incluso si se inauguró hace solo unos meses y huele a nuevo.
En el ámbito doméstico ocurre algo parecido. Frente a los interiores excesivamente pulidos que dominaron la década pasada y que nos proponen las grandes marcas de decoración, ahora se busca una decoración con más textura, más capas y cierta imperfección. Las paredes ya no son solo un fondo neutro, sino una superficie que aporta carácter al espacio.
Detrás de esta tendencia hay también una reacción contra los interiores demasiado estandarizados. Durante años muchos cafés, hoteles o pisos turísticos acabaron pareciéndose entre sí: madera clara, lámparas industriales, tonos grises y muebles minimalistas. Esa estética globalizada terminó generando espacios tan correctos como impersonales.
Hoy muchas personas buscan lo contrario: hogares que parezcan únicos. De ahí el interés por materiales envejecidos, muebles con pátina o paredes con irregularidades que transmiten la sensación de que el tiempo ha pasado por ellas.
El mercado no ha tardado en aprovechar esta nostalgia por lo imperfecto. Hoy existen papeles pintados que imitan hormigón agrietado, paredes con desconchones o yesos antiguos. Incluso hay pinturas decorativas diseñadas específicamente para recrear manchas o texturas desgastadas.
Sin embargo, esta moda también ha despertado críticas. Muchos consideran problemático y superficial que se conviertan en tendencia estética elementos que, en la vida real, suelen ser un problema serio en las viviendas.
Las humedades, por ejemplo, no son simplemente una cuestión visual. En una casa real pueden provocar moho, malos olores y daños estructurales. Además, las esporas de moho pueden afectar a la salud, especialmente en personas con alergias, asma o problemas respiratorios.
Por eso algunos ven cierta contradicción y crueldad en la idea de simular problemas domésticos que, en muchas viviendas, suponen un verdadero quebradero de cabeza. Mientras unos recrean manchas en sus paredes para dar carácter al salón, otros luchan durante años para eliminarlas.
Más allá de la polémica, la tendencia refleja una necesidad muy humana: sentir que el espacio donde vivimos tiene identidad. Incluso si, para conseguirlo, algunos están dispuestos a pintar en sus paredes una historia que nunca ocurrió.
Fotos | Pexels
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