
Han elegido un lugar y una forma de vida que se acercan a lo que desean para sus hijos
Mudarse de la ciudad al campo es una realidad que está sucediendo cada vez más. Lejos quedan ya esas ganas de ir a la metrópolis y pagar alquileres altísimos por vivir en un piso de extrarradio. En pleno 2026, empezamos a valorar de nuevo la tranquilidad del campo y la satisfacción de llegar a fin de mes tranquilos, sin ahogamientos por detrás.
En este ritmo, Arantxa, de 34 años, junto a su marido y sus dos hijos, de tres y cinco años, han encontrado en una aldea de Asturias el lugar donde echar raíces, recuperar el contacto con la naturaleza y criar a sus pequeños con más libertad. Su historia, compartida en el canal de YouTube Crónicas Berasategui, es la de una mudanza que fue mucho más que un cambio de domicilio.
"Nosotros queríamos que nuestros hijos crecieran en libertad y empezar a cultivar árboles", explica Arantxa durante la conversación. Ese deseo fue tomando forma poco a poco, entre mudanzas, una casa en ruinas y una reforma que se prolongó durante dos años. Hoy, después de seis años viviendo en Asturias, la familia disfruta de su hogar definitivo.
De una casa en ruinas a un hogar lleno de vida
Cuando encontraron la propiedad, llevaba alrededor de treinta años cerrada y se encontraba prácticamente en ruinas. El proyecto era ambicioso, porque la vivienda estaba dividida en dos construcciones y una de las primeras decisiones fue unificarlas.
"Esto eran dos casas cuando llegamos, unificamos todo al mismo nivel", cuenta Arantxa. La reforma se desarrolló durante dos años, un periodo en el que la familia también atravesó un embarazo y los primeros años de crianza de sus dos hijos. Una combinación de circunstancias que convirtió la recuperación de la casa en un proyecto de largo recorrido.
La intención no era conseguir una vivienda impecable ni borrar las huellas de su pasado, sino adaptarla a una forma de vida más natural. Por eso, siempre que ha sido posible, han apostado por materiales de origen natural, una elección coherente con su deseo de reducir el impacto de la vida cotidiana y mantener una conexión directa con el entorno.
El resultado es una casa pensada para vivirla de verdad. Un hogar en el que las decisiones estéticas están estrechamente relacionadas con la funcionalidad, el aprovechamiento de los recursos y la búsqueda de soluciones sencillas.
Una cocina económica para calentar la casa
Uno de los elementos más representativos de la vivienda es la cocina económica, una pieza tradicional que la familia ha querido conservar como parte esencial de su hogar. La que encontraron en la casa no funcionaba, así que buscaron una alternativa de segunda mano por unos 250 euros.
En este caso, además, la cocina económica cumple una función práctica fundamental: contribuye a calentar la casa durante los meses fríos. La familia combina este sistema con una chimenea conectada a un serpentín que calienta el agua y la distribuye posteriormente a los radiadores.
"Nos calentamos con leña casi todo el tiempo y, si no queda otra, tiramos de gasoil", explica Arantxa. Una fórmula que les permite aprovechar un recurso habitual en el entorno rural y reducir la dependencia de otros combustibles, aunque sin prescindir por completo de ellos.
Una decisión que cambió su vida
Arantxa es originaria de un pueblo de Almería y su marido procede del norte de Palencia. Él es maestro y, tras presentarse a las oposiciones, comenzó a trabajar como interino en Asturias. La incertidumbre laboral de aquellos primeros años hizo que la familia se instalara sin tener del todo claro dónde acabaría viviendo.
"La verdad es que nos vinimos a la aventura", recuerda. La situación tenía su parte de incertidumbre, porque los docentes interinos podían conocer su destino con muy poca antelación al inicio de las clases. Aun así, encontraron una casa y comenzaron una etapa que terminaría consolidándose en una pequeña localidad asturiana, donde vivieron durante cuatro años antes de descubrir la propiedad actual.
Fue a través de contactos como llegaron a esta vivienda. La oportunidad encajaba con lo que llevaban tiempo buscando: un lugar donde disponer de espacio exterior, cultivar árboles y ofrecer a sus hijos una infancia más conectada con la naturaleza.
Criar en el campo
Durante los primeros años, Arantxa se dedicó a tiempo completo a la crianza. Sus hijos no comenzaron la escolarización hasta este año, cuando el mayor cumplió cinco años. Una decisión que responde a la manera en que la familia entiende la infancia y a su deseo de ofrecer a los pequeños tiempo, espacio y experiencias fuera de los ritmos habituales de la vida urbana.
"Yo no quiero que mis hijos crezcan en un sitio donde hay miedo", afirma. Y matiza que no se refiere exclusivamente a su pueblo de origen, sino a muchos lugares donde, en su opinión, los niños han perdido la posibilidad de salir a la calle y jugar con tranquilidad.
Una huerta propia
La autosuficiencia es otro de los objetivos que acompañan a esta nueva etapa. Tener una casa con terreno ofrece la posibilidad de cultivar alimentos, criar animales y reducir algunos gastos familiares. Sin embargo, Arantxa reconoce que ese proceso lleva tiempo y que, por ahora, la huerta todavía no representa una parte importante de la alimentación de la familia.
"Nuestros gastos no se han reducido al tener la huerta", reconoce con naturalidad. Una afirmación que aporta una perspectiva realista a un estilo de vida que, desde fuera, puede parecer automáticamente más económico.
En una familia de cuatro personas, las necesidades alimentarias son numerosas y cultivar unas pocas verduras no basta para sustituir la compra habitual. Por eso, su objetivo es avanzar progresivamente hacia una mayor autonomía, sin plantearse la autosuficiencia como algo inmediato.
"Nuestro objetivo es ese. Reducir los gastos, criar pollos y meter algún carnero a las ovejas y poder economizar gastos", explica. Es una posibilidad que considera alcanzable porque conoce a otras personas que ya han conseguido organizarse de esa manera.
También cuestiona la abundancia de productos a la que nos hemos acostumbrado en los supermercados. "Desde mi punto de vista, nosotros estamos acostumbrados a ir al súper y tener un montón de productos, pero no necesitamos tanto", reflexiona.
Fotografía de portada | Crónicas Berasategui
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