La actriz apuesta por una vivienda donde la arquitectura original y la vida rural marcan el ritmo
Tras unos días en los que su nombre ha vuelto a circular por titulares, esta vez por la guerra de Gaza, Macarena Gómez ha vuelto a hacer algo que ya forma parte de su personaje público: redirigir la conversación hacia su forma de vivir. Y, sobre todo, hacia su casa en el Alt Empordà.
No es un piso céntrico ni una vivienda de diseño pensada para Instagram. Es un antiguo molino del siglo XVII en Roses, una de las mejores zonas de la Costa Brava. Un lugar donde, según ha explicado en distintas entrevistas y redes sociales, la prioridad no es impresionar, sino conservar.
Contraste con la vida urbana
Allí vive con su pareja, Aldo Comas, y su hijo, en un entorno donde los vecinos escasean pero abundan los animales. El contraste con la vida urbana no es casual: forma parte de una decisión consciente que mezcla hartazgo, estilo y una cierta idea romántica del campo.
Un molino del siglo XVII
El punto de partida no era fácil: una construcción antigua, con historia y limitaciones. En lugar de reformarla hasta hacerla irreconocible, la pareja optó por lo contrario: respetar su estructura original.
La propia actriz lo resumía en una frase que define todo el proyecto: conservar la esencia de las construcciones. Traducido a la práctica, eso significa mantener muros de piedra, vigas vistas y una distribución que no responde a modas, sino a la lógica de otra época.
Eso no impidió intervenir. El antiguo granero, por ejemplo, se transformó en un loft con cierto aire industrial. Este es uno de los pocos gestos contemporáneos claros, pero funciona precisamente porque no intenta borrar lo anterior, sino dialogar con ello.
Vivir con animales
En muchas casas de campo, los animales son un elemento anecdótico. Aquí no. Forman parte del día a día: vacas, alpacas, cerdos, caballos, perros e incluso un avestruz conviven en la finca.
Este no es un capricho estético: el exterior deja de ser “jardín” para convertirse en una extensión real de la vivienda, con zonas de descanso y rincones pensados para estar, no solo para mirar. Ese planteamiento explica también por qué no hay una obsesión por el orden perfecto. La casa tiene vida, y se nota.
Una piscina que es el centro
Uno de los espacios más relevantes es la piscina. En otro contexto, podría ser el típico elemento aspiracional, pero quí se integra con el paisaje. El diseño es alargado, perfecto para nadar y compartir.
La propia actriz lo ha descrito como un espacio para jugar con su hijo o reunirse con amigos, lo que desplaza el foco del objeto al uso. Es un detalle que resume bastante bien la filosofía general de disfrute de este espacio clave.
Interior rústico
Dentro de la casa es donde el proyecto se vuelve más interesante. No hay una línea decorativa única, y eso, lejos de ser un problema, es su principal acierto. Conviven paredes de piedra con tuberías vistas, piezas de mobiliario con carácter y elementos inesperados.
Por ejemplo, hay un sofá rosa que rompe con la sobriedad arquitectónica. La mezcla funciona porque no intenta ser coherente en el sentido clásico, sino honesta.
La luz natural juega un papel clave, con grandes ventanales que conectan constantemente interior y exterior. No hay sensación de refugio cerrado, sino de continuidad.
El comedor y el arte de mezclar sin miedo
El comedor es probablemente el mejor ejemplo de esa mezcla. Sobre una base casi industrial de ladrillo visto, vigas y estructuras aparece una mesa de cristal que aligera el conjunto.
Las sillas, en terciopelo y en distintos tonos, introducen un punto sofisticado que podría parecer fuera de lugar, pero no lo está. Las plantas y flores terminan de cerrar el círculo, conectando de nuevo con el exterior. No es una casa que busque gustar a todo el mundo y ese es parte de su interés.
Espacios abiertos
Aunque la vivienda apuesta por espacios amplios, no es un loft sin estructura. Los ambientes están bien delimitados sin necesidad de levantar paredes. Una librería puede funcionar como separador de una zona de lectura, mientras que la iluminación, más cálida en algunos puntos, más funcional en otros, ayuda a crear atmósferas distintas.
La cocina mantiene una estética claramente rústica: muebles con acabado envejecido, azulejos y materiales naturales. Pero introduce elementos actuales como la inducción, evitando caer en una recreación puramente estética.
Es una casa que no intenta parecer otra cosa y que es, en cierto modo, una oda al romanticismo campestre. En un momento en el que muchas viviendas parecen diseñadas para ser vistas más que vividas, eso ya la convierte en algo poco habitual.
Fotos | @macarenagomezofficial/Instagram y Sklum
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