
Xavier Taulé y Paula Tapiz analizan el cambio de rumbo que está viviendo la cocina, del concepto completamente abierto a espacios que buscan un equilibrio entre conexión e intimidad
En los últimos años, la cocina abierta al salón era la solución que se imponía tanto en obra nueva como en viviendas reformadas para dar más amplitud a las casas. De hecho, eliminar los tabiques que separaban la cocina del salón o el recibidor era una tendencia que parece que gustaba a casi todo el mundo. Especialmente, en viviendas donde se buscaba ganar metros visuales, aprovechar mejor la luz y crear espacios más amplios y conectados.
El tamaño cada vez más ajustado de las viviendas, la búsqueda de espacios más diáfanos y una manera distinta de entender la cocina —como lugar para preparar la comida, comer y compartir tiempo— hicieron que esta estancia ganara protagonismo y dejara de quedar escondida tras una puerta.
Sin embargo, aquella apuesta por abrirlo todo empieza a matizarse. No estamos ante una vuelta a las cocinas completamente independientes, sino ante una nueva fórmula que intenta quedarse con lo mejor de ambos mundos: mantener la conexión con el resto de la vivienda, pero introduciendo cierta separación y privacidad.
En una entrevista en Arquitectura y Diseño, los arquitectos Xavier Taulé y Paula Tapiz, fundadores del barcelonés Cala Estudi, explican que ya perciben este cambio entre sus clientes. "Es algo que pasa con cualquier tendencia: al principio se lleva al extremo y, con el tiempo, se desarrolla un criterio más maduro", señalan.
Vuelven las soluciones a medio camino
La clave está ahora en encontrar el punto justo de integración. Una cocina abierta conecta visualmente los espacios, favorece la entrada de luz y hace que la vivienda parezca más amplia, pero tiene una contrapartida evidente: todo queda a la vista, desde los platos y utensilios hasta ese desorden inevitable que aparece mientras estamos preparando la comida.
Y no es solo una cuestión estética. Los olores de la cocina, el ruido del extractor o el funcionamiento de los electrodomésticos también pueden terminar afectando al resto de la casa. Una distribución puede resultar impecable sobre el papel y en las fotografías, pero la experiencia cambia cuando llega la hora de cocinar mientras otra persona está viendo la televisión o intentando descansar en el salón.
Ni abierta ni cerrada: la cocina busca su punto medio
Las cocinas semiabiertas están ganando protagonismo precisamente porque permiten escapar de esa elección entre integrarlo todo o volver a una distribución completamente independiente. Cerramientos de cristal, puertas correderas, paneles móviles o amplios vanos consiguen mantener el vínculo con el salón, pero ofrecen la posibilidad de separar ambos espacios cuando hace falta.
El cristal es uno de los recursos más interesantes, ya que mantiene la entrada y circulación de la luz mientras introduce una separación física. De esta forma, es posible contener mejor los olores y el ruido sin perder la sensación de amplitud que hizo que las cocinas abiertas se popularizaran.
Antes de decidir cómo distribuir una cocina, quizá la pregunta no debería ser qué solución está de moda, sino qué papel ocupa realmente esta estancia en nuestro día a día. No es lo mismo una casa en la que se cocina a diario y conviven varias personas que otra en la que la cocina tiene un uso mucho más puntual. También pesan factores como la necesidad de mantener cierta privacidad, el ruido o cuánto nos importa que todo quede siempre a la vista.
Por eso, el debate entre cocina abierta y cerrada empieza a quedarse algo antiguo. La tendencia parece dirigirse hacia espacios que puedan adaptarse según el momento, con recursos que permitan conectar el salón y la cocina cuando interesa y separarlos cuando hace falta. Más que volver a los tabiques de toda la vida, se trata de conseguir una vivienda que responda mejor a las distintas formas de vivirla.
Foto | Esteban Santiago Gonzalez para Pexels
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